Información para los abuelos de los socios
La familia en el plan de Dios.


    Para llenar de hijos el Reino de los Cielos, la Providencia divina ha querido contar con la libre colaboración de los hombres. Y para que esta cooperación en la transmisión de la vida no quedara al vaivén de posibles caprichos – y cambios de modos de pensar-,  el Señor quiso protegerla mediante la institución natural del matrimonio, elevado luego por Cristo a la categoría de  sacramento: “Cristo Señor elevó el Matrimonio a la dignidad de sacramento, y juntamente hizo que los cónyuges, protegidos y defendidos por la gracia celestial que los méritos de El produjeron, alcanzasen la santidad en el mismo Matrimonio”.

     La familia -la gran familia humana, y cada una de las familias que habrán de componerla- es el medio querido por Dios para que los hombres colaboren ordenadamente en su decreto Creador. Más, el modelo familiar es “semejanza” de la propia vida trinitaria: “nuestro Dios, en su misterio íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor”.

     Con sentido sobrenatural y sentido común. Hacer buenos cristianos a los hijos no significa en absoluto transformar el hogar en un convento: esto sería un desorden, que atentaría contra la naturaleza de la familia y desvirtuaría su finalidad humana y sobrenatural, produciendo amargos frutos de rebeldía. Los niños tienen que comportarse como lo que son, sin prácticas ascéticas o de devoción impropias de su edad. Una cosa es educarlos cristianamente, piadosos, y otra muy distinta es convertirlos en chicos raros, con modos y costumbres extraños. El ambiente familiar tiene que ser normal, porque la vida sobrenatural, en la educación de los hijos y en todo lo demás, no destruye lo que es natural en el hogar, como la gracia no destruye la naturaleza, sino que la supone, la ayuda y la perfecciona.

     Actualmente, debido a las dificultades del ambiente, puede resultar más fácil -aun en familias formadas por padres verdaderamente cristianos- esta educación de los hijos en la fe y en la piedad. Si a pesar del esfuerzo por dar buen ejemplo y por enseñar a los hijos, éstos no siguiesen una senda de vida cristiana, los padres han de rezar más por ellos.

     No ha de desfallecer nunca la confianza en la eficacia de la oración y de la enseñanza de la doctrina. Con fe firme en Dios, los padres cristianos han de continuar su misión aunque parezca que su tarea es estéril. Ese esfuerzo por educar cristianamente a los hijos no debe decaer, incluso cuando éstos “contestan o incluso rechazan la fe cristiana recibida en los primeros años de su vida. Y así  como en la Iglesia no se puede separar la obra de evangelización del sufrimiento del apóstol, así  también en la familia cristiana los padres deben afrontar con valentía y gran serenidad de espíritu las dificultades que halla a veces en los mismos hijos su ministerio de evangelización”



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