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¿Venimos del mono?

1. INTRODUCCIÓN

2. LAS BASES DEL MAGISTERIO

3. EL UNIVERSO EN LA NARRACIÓN BÍBLICA

4. PARECIDOS Y DIFERENCIAS DEL RELATO DEL GÉNESIS CON LOS MITOS DE LOS PUEBLOS VECINOS

5. EL SIGNIFICADO DE LOS PRIMEROS CAPÍTULOS DEL GÉNESIS

6. ADÁN, EVA Y SUS HIJOS

7. EL ORIGEN DEL HOMBRE

7.1 HISTORIA Y PREHISTORIA. LOS DATOS FÓSILES

7.2 LOS DATOS DE LA BIOLOGÍA MOLECULAR

7.3 LA FORMACIÓN DE ESPECIES

7.4 ¿COMO APARECIÓ EL PRIMER HOMBRE?

8. CONCLUSIONES

8.1 LO ESPECÍFICAMENTE HUMANO

8.1.1 Industrias líticas

8.1.2 Organización social

8.2 CONCLUSIÓN TEOLÓGICA

 

1.                  INTRODUCCIÓN

En los últimos años se han multiplicado el número de descubrimientos fósiles relacionados con el origen del hombre. En España se han seguido con gran atención debido a que algunos de esos hallazgos han tenido lugar en la Península Ibérica. El más importante es precisamente el llamado “Hombre de Atapuerca” que, en abundancia de restos óseos, supera a todos los demás juntos[1].

Estos descubrimientos han contribuido a avivar un tema ya de por sí polémico: muchas personas, sobre todo alumnos adolescentes, se plantean dudas sobre cómo compaginar lo que aprenden en las clases de Religión sobre la Creación y lo que les explican en Ciencias Naturales, principalmente en lo que se refiere al origen y prehistoria del hombre.

A pesar de que la solución a estos problemas ha sido clarificada hace ya mucho tiempo por el Magisterio de la Iglesia, que es quien interpreta auténticamente las Sagradas Escrituras, sus enseñanzas no han llegado al gran público, y los alumnos no encuentran respuestas claras de sus padres o profesores.

Son frecuentes preguntas como estas: “¿Es verdad lo que dice el Génesis?”, “¿De dónde salieron nuestros Primeros Padres?”, “¿Cómo es posible que Caín fuera agricultor y Abel ganadero si, durante mucho tiempo, el hombre prehistórico no conoció ni la agricultura ni la ganadería?”... o, la más común: ¿venimos del mono?

La ciencia experimental y la filosofía son saberes que se complementan. Son como dos caminos paralelos que no se cruzan, pero que se iluminan mutuamente. A primera vista, parece que los avances de la ciencia, al desvelar los mecanismos de la naturaleza, eliminan la admiración ante ella. Sin embargo, los nuevos hallazgos no suprimen el asombro de los científicos.

Para comprender mejor las causas últimas del orden existente en el universo y la sorprendente singularidad del hombre, es muy útil conocer básicamente el estado actual de las ciencias experimentales sobre estas cuestiones.

“La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas y ha enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre (...)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.283).

“El gran interés que despiertan estas investigaciones está fuertemente estimulado por una cuestión de otro orden, y que supera el dominio propio de las ciencias naturales. No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios (...)” (Catecismo de la Iglesia Católica n.284, cf. también n.285). Es decir: la búsqueda de las últimas causas —filosofía— nos lleva a querer conocer mejor lo concreto —ciencia experimental—, y viceversa. Ambos saberes se iluminan mútuamente, pero no se pueden mezclar, porque los métodos que utilizan para llegar a sus conclusiones son distintos.

La ciencia experimental ha conseguido grandes logros pero, por su propio método, sólo puede experimentar con la materia. Sin embargo, no son pocos los científicos que, aunque pretenden hacer sólo ciencia experimental, se salen del ámbito propio de esa ciencia, y hacen abstracciones, propias de la filosofía, como si se derivaran directamente de sus datos experimentales.

Es el caso, por ejemplo, de los autores del famoso libro sobre los descubrimientos de Atapuerca “La especie elegida”[2]: al principio y al final del libro, se salen un poco de su campo; he aquí algunos ejemplos:

Cuando dicen “A diferencia de la selección artificial que el hombre lentamente efectúa con animales y plantas, potenciando determinadas características para mejorar su productividad, la selección natural no persigue ningún objetivo”. Según esto “todas las especies (incluida la nuestra) son igualmente perfectas”. Esto es cierto relativamente por que si, como ellos piensan, el hombre es sólo fruto de esa selección natural, al menos en el caso del hombre, esa afirmación es falsa porque, como es evidente, el hombre sí se propone fines —por ejemplo, ellos al escribir su libro—, y esto quiere decir que si la evolución no está finalizada —afirmación que no corresponde al método de la ciencia experimental— al menos ahora sí, porque un producto de la evolución —nosotros— sí se propone fines, y puede influir de muchas maneras en el futuro de la misma evolución. En este sentido podemos comentar su siguiente afirmación:

“Pero quien prefiera imaginar la evolución como una flecha que apunta hacia nosotros desde el principio tendrá que responder de qué oscuras fuerzas internas podrían guiarla en la dirección adecuada, independientemente de lo que suceda a su alrededor. ¿O en realidad se trata de fuerzas que actúan desde más allá del mundo natural? En este último caso nos situaríamos fuera del terreno de la Ciencia, que es el de este libro y el de sus autores”[3].

Es cierto que son respetuosos con otras posturas e intentan mantenerse al margen de discusiones, pero no lo consiguen del todo. Otro claro ejemplo es cuando hablan de posibles leyes que rijan la evolución —tema de actualidad entre los especialistas sobre todo de fuera de España— de las que no son partidarios:

“Para los partidarios de que la Historia de la Vida refleja un programa que se despliega en el tiempo, la evolución sería en cierto modo comparable al proceso del desarrollo que conduce desde el embrión hasta el adulto, obedeciendo leyes preestablecidas (naturales pero que todavía no entendemos bien). Evidentemente, el recurso a fuerzas internas misteriosas, aún por descubrir o indescubribles, siempre estará a disposición de quien quiera dar un significado, un sentido, o un propósito a la Historia de la Vida[4]”.

“Pero si es cierto que hilos invisibles han dirigido la evolución lineal y ordenadamente hasta nosotros desde la noche de los tiempos, ¿qué hacemos entre tanta diversidad de seres vivientes? (...). No se aprecia una escalera hacia ninguna parte, sino un árbol con numerosísinas ramas, y sin ningún tronco o eje principal. La evolución no es lineal, sino divergente”.

Aquí podríamos comentar, por poner sólo un ejemplo, que si científicos como Newton no hubieran buscado esos “hilos” o “leyes” ocultas e invisibles en la naturaleza, hoy nadie habría oído hablar de la Ley de la Gravitación Universal y, probablemente ni los autores de este libro, ni nadie, conocería la posibilidad de hacer ciencia experimental. Está claro que cuando Newton se preguntó si existiría alguna ley por la que los cuerpos se atraen, no lo hacía como científico, sino como hombre que se pregunta por causas no inmediatas ni evidentes a primera vista, es decir, como filósofo: siguiendo el método de la filosofía, que también es una ciencia.

En este sentido son esclarecedoras las siguientes palabras de Juan Pablo II:

“El hombre tiene muchos medios para progresar en el conocimiento de la verdad, de modo que puede hacer cada vez más humana la propia existencia. Entre estos destaca la filosofía, que contribuye directamente a formular la pregunta sobre el sentido de la vida y a trazar la respuesta: ésta, en efecto, se configura como una de las tareas más nobles de la humanidad. El término filosofía según la etimología griega significa «amor a la sabiduría». De hecho, la filosofía nació y se desarrolló desde el momento en que el hombre empezó a interrogarse sobre el por qué de las cosas y su finalidad. De modos y formas diversas, muestra que el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. El interrogarse sobre el por qué de las cosas es inherente a su razón, aunque las respuestas que se han ido dando se enmarcan en un horizonte que pone en evidencia la complementariedad de las diferentes culturas en las que vive el hombre (...) La gran incidencia que la filosofía ha tenido en la formación y en el desarrollo de las culturas en Occidente no debe hacernos olvidar el influjo que ha ejercido en los modos de concebir la existencia también en Oriente. En efecto, cada pueblo, posee una sabiduría originaria y autóctona que, como auténtica riqueza de las culturas, tiende a expresarse y a madurar incluso en formas puramente filosóficas. Que esto es verdad lo demuestra el hecho de que una forma básica del saber filosófico, presente hasta nuestros días, es verificable incluso en los postulados en los que se inspiran las diversas legislaciones nacionales e internacionales para regular la vida social[5]”.

“La capacidad especulativa, que es propia de la inteligencia humana, lleva a elaborar, a través de la actividad filosófica, una forma de pensamiento riguroso y a construir así, con la coherencia lógica de las afirmaciones y el carácter orgánico de los contenidos, un saber sistemático. Gracias a este proceso, en diferentes contextos culturales y en diversas épocas, se han alcanzado resultados que han llevado a la elaboración de verdaderos sistemas de pensamiento. Históricamente esto ha provocado a menudo la tentación de identificar una sola corriente con todo el pensamiento filosófico. Pero es evidente que, en estos casos, entra en juego una cierta «soberbia filosófica» que pretende erigir la propia perspectiva incompleta en lectura universal. En realidad, todo sistema filosófico, aun con respeto siempre de su integridad sin instrumentalizaciones, debe reconocer la prioridad del pensar filosófico, en el cual tiene su origen y al cual debe servir de forma coherente[6]”.

Teniendo en cuenta que esto es la filosofía podríamos resolver una cuestión que para los autores de La especie elegida es muy difícil: según dicen “eso que llamamos « inteligencia » es un concepto de difícil definición...”, resulta que para la ciencia experimental es imposible, porque por su propio método, definir conceptos no entra dentro de su campo, pero la filosofía ha dado definiciones satisfactorias de lo que es la inteligencia desde hace, al menos, 2500 años.

 “El hombre —dice el Papa— deseoso de conocer lo verdadero, si aún es capaz de mirar más allá de sí mismo y de levantar la mirada por encima de los propios proyectos, recibe la posibilidad de recuperar la relación auténtica con su vida, siguiendo el camino de la verdad[7]”.

Se trata de ver cómo los datos que se desprenden de la ciencia experimental, en relación con la evolución y el origen del hombre, encajan mejor con una filosofía realista que con otras que han estado en la base de muchas teorías, llamadas científicas, que han intentado llegar a una explicación global de esos datos. Por ejemplo, los datos científicos apoyan la existencia de una parte espiritual en el hombre, la realidad de una naturaleza única y estable que tiende a la sociabilidad humana como algo propio.

Hay algo estable y algo cambiante. Concepciones, por ejemplo de tipo hegeliano, han supuesto, más o menos inconscientemente, el olvido de lo que es estable y la extrapolación de lo cambiante a todos los campos del saber, con la consiguiente desaparición de valores permanentes. El hecho de que en el universo se dé una evolución en la materia no significa que todo lo real sea evolución, sin embargo ésta ha sido la concepción dominante en el siglo XX, que se va desmoronando a medida que van apareciendo nuevos datos.

2.                  LAS BASES DEL MAGISTERIO

Los últimos papas han hablado con frecuencia sobre el significado de los primeros capítulos del Génesis, pero el documento fundamental, donde se resuelve la cuestión que nos ocupa —el origen del hombre—, es la Carta Encíclica de Pío XII Humani Géneris (12 de agosto de 1950). En ella hay dos proposiciones fundamentales en los números 29 y 30.

En el número 29 se lee: “(...) El magisterio de la Iglesia no prohibe que —según el estado actual de las ciencias y de la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes en ambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios (...)”.

El número 30 aborda la doctrina cristiana del monogenismo: “(...) los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un sólo Adán individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generación, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio”.

En resumen:

1. En el origen del hombre, el cuerpo humano no tiene que haber sido creado inmediatamente por Dios pero sí su alma —al igual que ocurre en el momento de la concepción de cualquier hombre—.

2. Toda la humanidad procede de un sólo hombre —“protoparente”—, que en la Sagrada Escritura se llama Adán, y esta verdad se desprende directamente de la doctrina de la Iglesia sobre el Pecado Original, cometido personalmente por un hombre y heredado por todos sus descendientes.

Salta, pues, a la vista que la Iglesia no interpreta la narración del Génesis en sentido literal[8], sino que, basándose en el conjunto de la Revelación y en la autoridad dada por Dios al Magisterio, extrae las verdades que Dios nos ha querido dar a conocer a través de la narración del autor sagrado.

Juan Pablo II, en un Mensaje dirigido el 23 de octubre de 1996 a los miembros de la Pontificia Academia de las Ciencias, habla de los orígenes de la vida y la evolución como de “un tema esencial que interesa vivamente a la Iglesia, puesto que la Revelación contiene, por su parte, las enseñanzas concernientes a la naturaleza y a los orígenes del hombre”. Si las conclusiones a las que se llega científicamente y las contenidas en la Revelación sobre el origen de la vida parecen encontrarse, dice, “¿en qué dirección buscar su solución? Efectivamente sabemos que la verdad no puede contradecir a la verdad”. Al referirse a “la reflexión (de la Academia) sobre la ciencia al alba del Tercer Milenio” Juan Pablo II dice que “en el campo de la naturaleza inanimada y animada, la evolución de la ciencia y sus aplicaciones crean nuevos interrogantes. La Iglesia podrá comprender tanto mejor su alcance en la medida en que conozca sus aspectos esenciales”.

Recuerda el magisterio de la Iglesia sobre la cuestión de los orígenes de la vida y la evolución, citando en particular la Encíclica “Humani generis” de Pío XII en 1950 y la Constitución conciliar “Gaudium et spes”.

“La 'Humani generis' —señala—, consideró la doctrina del 'evolucionismo' como una hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profunda, al igual que la hipótesis opuesta (...). Hoy, casi medio siglo después de la aparición de la Encíclica, nuevos conocimientos llevan a reconocer en la teoría de la evolución más que una hipótesis (...). La convergencia, no buscada ni inducida, de los resultados de los trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye en sí misma un argumento significativo en favor de esta teoría”.

“La elaboración de una teoría como la de la evolución —continúa—, mientras obedece a la exigencia de homogeneidad con los datos de observación, toma ciertas ideas de la filosofía de la naturaleza. En verdad, más que 'la' teoría de la evolución, conviene hablar de 'las' teorías de la evolución. (...) De este modo, existen lecturas materialistas y reduccionistas, y lecturas espirituales”.

“El Magisterio de la Iglesia está directamente interesado en la cuestión de la evolución, porque ésta concierne al concepto del hombre, (...) creado a imagen y semejanza de Dios. (...) Pío XII subrayó este punto esencial: 'si se busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y pre‑existente, el alma espiritual es creada directamente por Dios'. Por consiguiente, las teorías de la evolución que, en función de las filosofías que las inspiran, consideran que el espíritu emerge de fuerzas de la materia viva o como un simple epifenómeno de esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre. Estas son además incapaces de poner las bases para la dignidad de la persona”.

“La consideración del método utilizado en los diversos órdenes del saber permite poner de acuerdo dos puntos de vista que parecen inconciliables. Las ciencias de la observación describen y miden con una precisión cada vez mayor las múltiples manifestaciones de la vida y las colocan en la línea del tiempo. El momento del pasaje a lo espiritual no es objeto de una observación de este tipo, que no obstante puede revelar, a nivel experimental, una serie de signos muy útiles sobre la especificidad del ser humano. Pero la experiencia del saber metafísico, de la conciencia de sí y de su carácter reflexivo, la de la conciencia moral, la de la libertad, o incluso la experiencia estética y religiosa, están en el ámbito del análisis y de la reflexión filosófica, mientras que la teología le extrae el sentido último según los designios del Creador”.

Llegados a este punto, es interesante detenerse a considerar en su conjunto el relato de la Creación, para clarificar el significado perenne que subyace en su primitivo género literario.

3.                  EL UNIVERSO EN LA NARRACION BIBLICA

El autor sagrado nos narra la Creación de un mundo tal como se concebía en aquella época: de acuerdo con la “ciencia” del momento.

Su concepción se puede resumir del siguiente modo: el universo está formado por una cúpula resistente y firme —“firmamento”—, apoyado en grandes montañas que se encuentran en los confines de la tierra —los “fundamentos”—. Toda la tierra está rodeada por “las aguas”, el firmamento hace que haya tierra seca, separa las “aguas superiores” de las “aguas inferiores”; éstas últimas afloran a la tierra en los mares y ríos[9].

El sol, la luna y las estrellas son seres móviles —más perfectos, para su mentalidad, que las plantas que carecen de movimiento—. La lluvia caía cuando se abrían unas compuertas situadas en el firmamento, dando así entrada a las aguas superiores.

Esta visión, por supuesto, no era sólo la del Pueblo de Israel, sino la de todas las culturas relacionadas con él: egipcios, babilonios, cananeos, fenicios, etc.

 

 

Hoy en día, aunque el avance de la ciencia nos haya dado otra visión del universo, podemos entender, conociendo la mentalidad del escritor, las verdades esenciales que se nos enseñan en el relato del Génesis; narradas en un estilo literario y con una visión del mundo necesarios para que también las comprendieran los hombres de aquellas épocas.

Hay que tener en cuenta que esta forma de interpretación es ya muy antigua[10], si bien sólo se ha generalizado en los dos últimos siglos. Al fin y al cabo, para la salvación del hombre, no es relevante que el firmamento esté constituido por una rígida cúpula o por millones de estrellas y galaxias.

Para ver, pues, qué es lo esencial nos fijaremos primero en las diferencias existentes entre la concepción del Pueblo Elegido, inspirada por Dios, y las de sus pueblos vecinos.

4.                  PARECIDOS Y DIFERENCIAS DEL RELATO DEL GENESIS CON LOS MITOS DE LOS PUEBLOS VECINOS.

Hay una cuestión que sorprende a los historiadores: la concepción del mundo y de la creación es similar en todos los mitos pertenecientes a las culturas que rodeaban al Pueblo de Israel. Sus relatos tienen muchas coincidencias, en la forma, con el del Génesis; podemos decir que convienen en la “materialidad del relato”, pero se diferencian en las cuestiones religiosas fundamentales. La concepción de Israel es mucho más profunda y original a pesar de ser culturalmente menos avanzado, por ser un pueblo más reciente[11].

En los otros relatos se habla siempre de un caos preexisistente a todo, donde va formándose el primer dios, del cual derivan los otros dioses o semidioses (el sol, la luna, la tierra, los elementos, las estrellas, etc.), dioses que tienen limitaciones, no son todopoderosos, tienen que luchar para vencer. En cambio en el Antiguo Testamento se nos muestra un Dios que existe antes que todo, un Dios personal, que crea libremente el mundo, un mundo distinto de El y que antes no existía, que no es una emanación suya[12].

El verbo “crear” —en hebreo “bará”— es utilizado en la Biblia como una acción exclusivamente divina: “sacar algo de la nada”, noción que no existe en las culturas vecinas: “A esta noción —creación de la nada—, no había llegado nadie, ni siquiera la sabiduría griega precristiana. Y continúa siendo un misterio incluso para la cultura de nuestros días”[13].

Una vez creado por Dios, el mundo comienza siendo un caos[14], pero el orden no va saliendo del propio caos, como en los mitos vecinos, sino que es el mismo Dios, personal y transcendente, el que lo va ordenando con la fuerza de su palabra[15].

En los relatos míticos va apareciendo un inestable orden, como resultado de las victorias de unos dioses sobre otros[16]. El Dios del pueblo hebreo es Todopoderoso, nada se le puede enfrentar porque todo ha sido hecho por Él: no existe ninguna fuerza que se oponga a Dios, o que Dios tenga que vencer[17].

5.                  EL SIGNIFICADO DE LOS PRIMEROS CAPITULOS DEL GENESIS.

Como ya hemos visto, lo primero que se nos enseña es la existencia de un Dios personal y transcendente, por el que han sido creadas todas las cosas distintas de Él. Después se van desmantelando, una a una, las ideas de las culturas paganas, que siempre han tendido a divinizar o “sobrenaturalizar” lo que no pueden entender o dominar.

Como dice el Cardenal J. Ratzinger: “De manera que la Escritura no pretende contarnos cómo progresivamente se fueron originando las diferentes plantas, ni cómo se formaron el sol, la luna y las estrellas, sino que en último extremo quiere decirnos sólo una cosa: Dios ha creado el Universo. El mundo no es, como creían los hombres de aquel tiempo, un laberinto de fuerzas contrapuestas ni la morada de poderes demoníacos, de los que el hombre debe protegerse. El sol y la luna no son divinidades que lo dominan, ni el cielo, superior a nosotros, está habitado por misteriosas y contrapuestas divinidades, sino que todo esto procede únicamente de una fuerza, de la Razón eterna de Dios que en la palabra se ha transformado en fuerza creadora”[18]; es decir, en pocas palabras, se desarticula toda creencia en la divinidad de las criaturas y de la creación.

Desde esta perspectiva, repetidamente propuesta por el Magisterio[19] —y que incluso se encuentra en la misma Sagrada Escritura[20]—, lo que nos enseña el Génesis es que Dios ha hecho la creación según un plan ordenado, que se va desarrollando a lo largo del tiempo. Este sucederse ordenado de las cosas, previsto y sostenido por Dios, es lo que se llama en Teología “Providencia”.

El “primer día” comienza después de la aparición de la luz: “Vio Dios que la luz era buena y la separó de las tinieblas, y llamó a la luz día y a las tinieblas noche. Hubo así tarde y mañana: Día primero”[21]. En los sucesivos “días”, o períodos de tiempo, van apareciendo ordenadamente los diversos seres, de menor a mayor perfección. Llama la atención que este orden de aparición concuerda, esencialmente, con lo que sabemos hoy por las observaciones científicas —a diferencia de otros relatos de la época que son en este punto bastante aleatorios—, salvo en el caso de las plantas[22], que aparecen antes que el sol, la luna y las estrellas[23], lo que se explica, como ya habíamos apuntado, por la idea de que las plantas debían de ser más imperfectas ya que carecían de movimiento.

Esta coincidencia es una muestra de la capacidad de conocimiento sapiencial del autor sagrado, que intuye el orden real de la creación contemplándola, sin necesidad de tener datos científicos, algo que, quizá, el hombre moderno ha perdido la costumbre de hacer.

En el “día” quinto aparecen los seres vivos en el agua[24], y en el “día” sexto aparecen los animales terrestres y, con una especial solemnidad, el hombre; mostrándose así también como obra de Dios, tal como es, con la diferenciación de sexos y la fecundidad, que eran objeto de adoración en muchos pueblos.

6.                  ADAN, EVA Y SUS HIJOS.

Hay que tener en cuenta que “en la Biblia se ofrece una visión de conjunto de la historia del Universo y del hombre desde su origen hasta su final, en una perspectiva religiosa y transcendente. Dentro de esta visión de conjunto, la parte histórica de la Biblia que podemos relacionar con la historia de los pueblos, y de la que los autores sagrados tuvieron noticia de una u otra forma, abarca desde la época patriarcal (hacia 1800 a.C.) hasta las primeras comunidades cristianas (finales del s.I d.C.). En la Biblia queda recogida desde el capítulo 11 del libro del Génesis hasta el 3 del Apocalipsis. Lo anterior y lo posterior a estos capítulos, aún conteniendo verdades fundamentales de orden histórico, como la creación y el final del mundo, escapa a la comprobación científica, histórica o arqueológica. Se trata de acontecimientos cuya explicación no puede desvincularse de una actitud religiosa: aceptación de fe o rechazo gratuito”[25].

El hombre es creado por Dios para ser su representante en la tierra, y para llevarla a la perfección mediante su trabajo[26].

Adán y Eva son puestos por Dios en el Paraíso, en una situación de dicha sobrenatural que no se merecen. Dios no crea al hombre para servirse de él, sino para hacerle partícipe de su propia felicidad por pura Gracia. Esto se manifiesta, entre otras cosas, en la posesión de algunos dones no pertenecientes a la naturaleza material, como el de la inmortalidad[27]. Existe aquí una clara diferencia con los relatos míticos. Dos ejemplos: en la “Leyenda de Asciela” —Mesopotamia (Mito de Atraharis)— un dios vencedor forma al hombre con arcilla amasada con sangre de un dios vencido, para que le sirva; y en el poema de Gilgamés es el propio hombre el que intenta alcanzar la inmortalidad pero, cuando está a punto de conseguirla, le es robada por “la serpiente”[28].

Para que el hombre se merezca esos dones Dios le somete a una prueba mediante un mandato, lo cual se nos transmite en el Génesis con la imagen de la prohibición de comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal”[29]. Pero el hombre, engañado por el demonio, lo incumple y comete el primer pecado; se nos enseña así el hecho histórico del pecado original. Aquí está el origen del mal en el mundo: el mal no tiene entidad en sí mismo, es una falta de un bien debido; el mal existe, pero no viene de Dios[30].

El relato de Caín y Abel (Gen. 4,1-15), y los que le siguen, nos quieren mostrar cómo el mal se va extendiendo en el mundo, consecuencia de la herencia del pecado de nuestros primeros Padres; sus descendientes no consiguen dirigirse hacia el bien sin la ayuda de Dios. En este sentido, Caín y Abel son una imagen de todos los descendientes de la primera pareja[31].

Que Caín sea agricultor —sedentario— y Abel ganadero recoge, según muchos estudiosos, una advertencia al pueblo de Israel, que era nómada —ganadero— hasta que se asentó en la tierra prometida: trata de subrayar la necesidad de no dejarse influir por la superior cultura de los pueblos cananeos, para no caer en su politeísmo. Era éste un peligro constante para el pueblo hebreo, en el que, de hecho, cayó en numerosas ocasiones.

Vemos pues que no existe el problema del vacío histórico entre la época en que vivieron Adán y Eva —hace, al menos, 100.000 años— y la aparición de la agricultura y la ganadería en épocas muy posteriores.

7.                  EL ORIGEN DEL HOMBRE.

7.1              HISTORIA Y PREHISTORIA. LOS DATOS FÓSILES.

Como todo el mundo sabe, los animales actuales que están más próximos al hombre son el chimpancé y el gorila; su parecido biológico, es realmente sorprendente.

Sin embargo, sabemos por la paleontología que hubo en otros tiempos seres aún más parecidos. Sus fósiles, después de muchos años de estudios y comparaciones, han sido agrupados por los expertos, principalmente, en cuatro grupos: Australopitecos, Homo hábilis, Homo erectus y Homo sapiens. Aunque durante muchos años se especuló sobre si habrían ido adoptando la postura erguida paulatinamente —por eso sólo al tercero de ellos se le denominó erectus—, hoy se sabe que ya los primeros australopitecos estaban exclusivamente adaptados al andar bípedo[32]. Pero hablaremos más extensamente sobre este punto en el siguiente capítulo.

Los australopitecos aparecieron hace unos cuatro millones de años, y sus restos más recientes son de hace algo más de un millón de años. Todos los fósiles que pertenecen con seguridad a australopitecos se han encontrado en un sólo continente: África.

Los australopitecos son unos homínidos de pequeña estatura, su talla media era de 1 m. 20 cm.

Su capacidad craneal[33] era superior a la de cualquier animal de la actualidad, excepto el hombre. Su cerebro tenía un volumen de unos 500 cc., similar al del actual gorila, pero éste es cinco veces más corpulento. El tamaño del cerebro de los australopitecos no sufrió variaciones apreciables en sus casi cuatro millones de años de existencia[34].

Hace más de dos millones y medio de años aparece, también en África, el Homo hábilis. Sus últimos restos datan de algo más de un millón de años.

Según parece, se extendió por parte del continente asiático, ya que hay restos en la isla de Java que se atribuyen a esta especie. En aquella época, y hasta tiempo después de la aparición del Homo sapiens, esta isla, junto con otras cercanas como Borneo y Sumatra, se encontraban unidas al continente.

Desde hace poco más de dos millones de años, el Homo hábilis consigue desarrollar una industria lítica —“olduvaiense”—, gracias a la adquisición de una capacidad a la que ningún ser vivo había llegado hasta ese momento: la habilidad de utilizar instrumentos secundarios[35]. Sus instrumentos son toscos y van mejorando lentamente a lo largo de cientos de miles de años sin sufrir ningún salto cualitativo.

Su capacidad craneal va creciendo con el tiempo desde 500 hasta una media de 700 cc.

El Homo erectus aparece en África hace más de un millón y medio de años. Después se extiende por algunos lugares de Asia —se encuentran restos en Java y China— y de Europa. Vivió hasta hace unos cien mil años[36]. Hay fósiles que, probablemente, pertenecen a otras especies, aunque el origen sería común. Por ejemplo, en Europa, desde el Homo antecesor (800.000 años), pasando por el Homo heidelbergensis, hasta el hombre de Atapuerca (200.000 años), pero sus capacidades son semejantes a sus coetáneos.

Hereda la industria lítica de Homo hábilis. Ésta permanece en algunos lugares hasta hace 350.000 años. En otros, aparecen la industria “abebillense” (700.000-390.000) y la “acheulense” (400.000-120.000). Todas éstas se van perfeccionando con el tiempo pero, según parece, sólo con la industria “acheulense” se produce un salto cualitativo[37]. Vemos, pues, que durante casi un millón de años, la mayor parte de su existencia, no consiguió mejorar la industria lítica heredada del Homo hábilis.

Su capacidad craneal crece, también, desde 700 a unos 1400 cc.

El Homo sapiens es nuestra propia especie. Según los recientes estudios moleculares tiene una antigüedad de algo más de 100.000 años. Hay acuerdo en esto entre genetistas y biólogos moleculares. Los paleontólogos se han ido adhiriendo poco a poco a los datos de la biología molecular, pero aún hay bastantes que mantienen un origen más alejado en el tiempo[38]. La capacidad craneal media es de 1450 cc. y no ha sufrido variaciones apreciables con el tiempo. El hombre de Neandertal parece que tenía una media algo superior: unos 1500 cc[39].

Desde su aparición, mejora las industrias líticas anteriores, dando lugar a saltos cualitativos de forma cada vez más rápida: “musteriense” —desde hace algo más de 100.000 años hasta unos 45.000—, “chatelperroniense” —45.000—, “auriñaciense” —35.000—, “gravetiense” —28.000—, “solutrense” —22.000—, “magdaleniense” —13.000—, “Mesolítico” —9000 a.C.—, “Neolítico” —4000 a.C.—, la “Edad del bronce” —3000 a.C.—, la “Edad del hierro” —1500 a.C.—, etc.

Es el primero que entierra a los muertos, los más antiguos enterramientos encontrados son de hace 100.000 años[40]. También es el primero que hace arte; los primeros objetos u obras de este tipo que poseemos datan de hace unos 40.000 años[41]. Hace más de 8.000 años inventó la agricultura y, antes, había aprendido a domesticar animales.

De estos cuatro grupos, se considera que el de los australopitecos constituye un género del que existieron varias especies; de la primera de ellas procedería el Homo hábilis, que sería la primera especie de un nuevo género: el género Homo; por tanto esta especie y las dos siguientes se encuadran como tres especies distintas pertenecientes a un mismo género. Aunque hay fósiles —como los de Atapuerca— que podrían pertenecer a otras especies del género Homo, muchos expertos sólo sitúan estas cuatro en la línea del hombre actual.

Lo que diferencia al ser humano de los demás animales es el pensamiento, algo que los filósofos denominan con frecuencia “capacidad de abstracción” o inteligencia, y los científicos “inteligencia reflexiva”. Se habla, a veces, de la inteligencia de los animales, pero es evidente que hay una diferencia cualitativa entre las dos.

Hoy todo el mundo está de acuerdo en que los australopitecos no poseían esta capacidad, es decir, no eran seres humanos. Sobre las tres especies de Homo aún no hay unanimidad sobre cual fue la primera que poseyó inteligencia reflexiva, pero, según van apareciendo nuevos datos, cada vez hay más científicos que se inclinan a pensar que “ser humano” se identifica con “Homo sapiens[42]. Aunque para nuestro propósito esto no es fundamental, profundizaremos algo más en este aspecto, porque es interesante y puede clarificar algunas ideas.

La mayoría de las civilizaciones y de los hombres han considerado que nos diferenciamos de los animales en algo inmaterial o, más concretamente, espiritual; es lo que llamamos alma. A esta verdad han llegado la mayoría de los filósofos.

Sólo con contemplar la realidad podemos llegar a la conclusión de que nuestra inteligencia no es consecuencia del gran tamaño de nuestro cerebro, sino una capacidad espiritual, pero el hombre es una unidad de alma y cuerpo, y necesitamos ese órgano tan complejo para poder manifestar esa inteligencia, análogamente a como el cerebro por sí sólo tampoco puede hacer nada, necesita, entre otras muchas cosas, las imágenes que le vienen a través de los sentidos.

La mayor o menor capacidad cerebral, en los animales, lo que aporta es una mayor o menor capacidad de aprendizaje, una mejor adaptación a la realidad circundante, pero no su contemplación. Un chimpancé, por ejemplo, necesita mucho tiempo para aprender, mediante el mecanismo ensayo-error, a dar la forma más adecuada a una rama para “pescar” termitas; el hombre puede prediseñar, idear, una herramienta sin necesidad de haberla usado nunca e, incluso, si él mismo no la va a usar, porque puede abstraer de la realidad: puede tener la realidad en su mente. El hombre también usa el método ensayo-error, por ejemplo, para perfeccionar un avión, pero para hacer un avión ha tenido que pensar, y ha necesitado una cultura, que es la herencia de lo que otros hombres han pensado antes. En efecto, el hombre no sólo produce técnicas, sino, además, cultura; sólo el hombre tiene cultura, que es un fruto del pensamiento.

El hombre supera la evolución material gracias a su evolución cultural, que le permite adaptarse a todos los medios sin necesidad de cambios materiales en su cuerpo.

La mayor o menor capacidad cerebral sólo produce, en los animales, una mayor capacidad de aprendizaje, que les permite añadir sus experiencias a las pautas de comportamiento meramente instintivas; estas últimas están ya “programadas” en sus genes antes de nacer. Sin embargo el pensamiento es una capacidad que no puede ser producto de la materia, ya que es inmaterial: nos capacita para poseer inmaterialmente, en nuestra mente, objetos que captan nuestros sentidos y que son procesados en nuestro cerebro, y para llegar, por abstracción, a cosas inmateriales como, por ejemplo, el concepto de número, relacionado con la multiplicidad de seres materiales, pero desvinculado —abstraído— de su propia materialidad.

En el transcurso de su evolución, Homo hábilis y Homo erectus no muestran capacidades artísticas. El hecho del progresivo crecimiento de su tamaño cerebral se puede explicar por su necesidad de adaptarse a medios distintos, sobre todo mediante una mayor capacidad de aprendizaje. No consiguen dar más que un salto en cada una de sus industrias líticas, lo que podría significar que son capacidades del ser material de esa especie, que no cambia sustancialmente mientras no hay cambio de especie. En cambio, en el ser humano, las capacidades culturales no son tanto de la especie como de la persona, del individuo: una obra humana, la más simple, no se atribuye al hombre en general, lleva la firma de un hombre concreto, que se puede identificar, lo que no ocurre con los demás animales. Esto es así porque el ser humano está por encima de su materia, cada ser humano es como un universo, no un simple componente del universo o de su especie.

En conclusión, podemos pensar que el primer ser humano es el Homo sapiens, ya que a pesar de mantener su tamaño cerebral estable, produce continuos saltos en sus industrias, como ya hemos visto, quizá estas industrias correspondan, por primera vez, a unas culturas, que muy pronto forman sociedades en las que se da culto a los muertos, después producen la ganadería y la agricultura, y el arte. Esto sólo se puede explicar por la aparición de una inteligencia inmaterial, que ya no necesita un aumento del tamaño cerebral, porque con el pensamiento se puede adaptar a cualquier medio, superando la capacidad de un mero aprendizaje psíquico. De hecho el Homo sapiens es la única especie que se ha adaptado a todos los medios, y los ha conseguido dominar, y en mucho menos tiempo del que sus predecesores necesitaron para adaptarse a unos pocos medios, separados geográficamente pero bastante similares entre sí.

Algunos piensan que Homo hábilis y Homo erectus ya eran inteligentes por esa capacidad nueva de usar instrumentos secundarios, pero lo mismo se pensaba de los australopitecos hasta el descubrimiento de que los chimpancés tienen unas capacidades similares a ellos; la posibilidad de usar instrumentos secundarios se podría atribuir simplemente a un tamaño cerebral que nunca antes se había alcanzado, y que proporciona una mayor capacidad de aprendizaje. Además, en los últimos años, ha habido investigadores que han conseguido enseñar a chimpancés a usar este tipo de instrumentos, aunque parece claro que no pueden aprender por sí solos. También se ha especulado mucho sobre la complejidad de las técnicas necesarias para hacer, por ejemplo, hachas de piedra como las que hacía el Homo erectus, pero en actuales fabricantes de hachas de piedra se ha visto que lo hacen con asombrosa facilidad: las consiguen con unos pocos golpes dados con precisión a unas determinadas piedras, extrayendo así su núcleo, que es similar a los instrumentos paleolíticos más avanzados; después siguen un proceso, ya complejo, para conseguir mejorarlos hasta obtener un resultado que sólo fue conseguido tardíamente por el Homo sapiens[43]. De hecho, los partidarios de que el Homo erectus o el Homo hábilis poseían inteligencia reflexiva, han buscado en ellos manifestaciones artísticas y enterramientos —que sí son pruebas definitivas—, pero no se han encontrado.

7.2              LOS DATOS DE LA BIOLOGÍA MOLECULAR.

Todo lo que esencialmente es un ser vivo está contenido en sus genes y en la forma en que están ordenados en la cadena de ADN y en los cromosomas. Estos tres conceptos son muy importantes para entender éste capítulo, los explicaremos mediante un ejemplo. El ADN es una larga molécula que podemos comparar con una cinta magnetofónica. Esta cinta tiene algunas partes grabadas, con cierta información, y otras que no lo están. Las partes grabadas son los genes, que entre todos dirigen el conjunto de las funciones materiales necesarias en un ser vivo de una determinada especie.

A su vez, las distintas cadenas de ADN, cuando la célula se va a dividir, se condensan en estructuras más manejables, los cromosomas, que equivalen, en nuestro ejemplo, a la casete que contiene la cinta. Toda la información está en la cinta, pero es totalmente distinto tener la cinta desparramada u ordenada dentro de la casete; sin un determinado orden no podemos extraer la información aunque de hecho esté ahí.

(ver http://www.accessexcellence.org/AB/GG/chromosome.html)

 (ver http://www.accessexcellence.org/AB/GG/genes.html)

Hay una regla de la citogenética que supone que a cada especie corresponde un número fijo de cromosomas —tiene muy pocas excepciones—. Por ejemplo, el número cromosómico de la especie humana es de 46, y de 48 en el chimpancé, gorila y orangután, aunque existen algunas diferencias intracromosómicas entre ellos.

(ver http://www.accessexcellence.org/AB/GG/human.html)

Las cadenas de ADN se duplican para dar lugar a nuevas células, algunas de las cuales producirán la descendencia. En esta duplicación puede haber errores en la copia de un gen, como puede haber fallos en una grabación, es lo que se llama mutación génica. Estas mutaciones pueden no suponer ningún cambio, pero otras veces se produce una variación en el funcionamiento de ese gen. Esta es la causa de muchas enfermedades de origen genético, como la diabetes, la hemofilia, el cáncer, etc.

Cuantas más veces se divide una célula o más generaciones pasan, más mutaciones se van acumulando.

Debido a esto, hoy se sabe que, comparando ADN de especies actuales distintas, podemos saber cuánto tiempo hace que se separaron[44]. Este tipo de experimentos ha dejado clara la realidad de que ha existido una evolución de los seres vivos, apoyando así lo que parecía manifestar el registro fósil y otros datos científicos, lo que no quiere decir que haya una teoría que explique bien el hecho, es más, se han ido por tierra muchas suposiciones de las teorías que intentaban dar una explicación global, como el “darwinismo”, que propone, como causa de la evolución, la selección natural de mutaciones genéticas ventajosas surgidas al azar. Esto supondría un lento gradualismo en el origen de las especies, más o menos uniforme en el tiempo. Por ejemplo, para explicar las diferencias externas entre el hombre y el chimpancé, los paleontólogos darwinistas suponían que sus linajes se habrían separado hace, al menos, 15 millones de años.

El chimpancé y el hombre difieren tan sólo en un 1% de su ADN y de su estructura cromosómica, y, según se desprende de sus diferencias genéticas y otras comparaciones moleculares, sus líneas evolutivas se separaron hace unos cinco millones de años, precisamente la época en la que apareció el primer Australopiteco —o, más exactamente, el más recientemente descubierto Ardipithecus ramidus llamado en un primer momento Australopithecus ramidus[45]—. El parecido con el gorila es ligerísimamente inferior, y su separación dataría de hace unos ocho millones de años. Antes de conocer estos datos moleculares no estaba claro si éramos más parecidos al gorila o al chimpancé, pero hoy sabemos que el chimpancé está, biológicamente, mucho más próximo al hombre que al gorila. Sin embargo, por sus capacidades vitales, el chimpancé y el gorila son mucho más parecidos entre sí, y el hombre se les escapa por completo. Que el hombre sea biológicamente tan próximo al chimpancé y vitalmente tan superior, debería bastar a cualquier científico para descubrir la evidencia de que semejante diferencia existencial no puede radicar en su materialidad, sino en nuestro ser espiritual.

Comparando el ADN de las razas humanas actuales se desprende que todas confluyen hace alrededor de 100.000 años, lo que significaría que todos los hombres actuales proceden, muy probablemente, exclusivamente de Homo sapiens[46].

En los últimos años se han realizado varios descubrimientos paleontológicos que, para algunos científicos y divulgadores, resultan inesperados y sorprendentes.

Ya en 1994 se había encontrado en Java un fósil similar al Homo erectus, de una antigüedad de 1,8 millones de años, es decir, sólo 100.000 años posterior a los más antiguos encontrados en África. La mayoría de los paleontólogos jamás se habrían imaginado que una migración tan rápida fuera posible.

Más sorprendente aún fue el hallazgo en 1995, por el equipo de Russell Ciochon, paleontólogo de la Universidad de Iowa, de unos restos de hace 1,9 millones de años cerca del río Yangtze, en China. Según ellos, estos fósiles —los más antiguos de homínido encontrados hasta ahora fuera de África— son muy similares a los del Homo hábilis africano, el primero que fabricó instrumentos de piedra, y del que se pensaba que no había salido de África. En palabras de Dr. Ciochon “es tan antiguo, tan primitivo y tan inesperado que bien podría derribar muchas teorías acerca de la evolución humana en Asia”.

Pero también en el Continente Africano ha habido sorpresas, en este caso no por la antigüedad de los restos sino por la latitud en que se encuentran. Se trata de un fósil de Australopiteco, descubierto en el Chad, de hace tres millones de años, contemporáneo de “Lucy” —el más famoso fósil de Australopiteco— pero separado de ella por la cordillera del Rift del este de África, y a 2.500 Km al oeste. Según se cree, los cambios tectónicos ocurridos allí hace unos cinco millones de años dieron lugar a que el valle al este de la cordillera se despoblara paulatinamente de árboles, lo que favoreció la evolución del antecesor común al hombre y al chimpancé hacia la marcha bípeda, dando lugar a las distintas especies de australopitecos, bípedos, mientras al oeste se habrían mantenido los tipos de vida arborícolas que evolucionarían hacia las actuales especies de chimpancé. Lo que sorprende, pues, es que hubiera hace tres millones de años australopitecos tan lejos de su origen.

Pero, para el que no esté familiarizado con el mundo de los paleontólogos, estos casos pueden no parecer tan problemáticos. En efecto, en todos ellos, los individuos que vivieron tan lejanos de su origen han dispuesto de cientos de miles de años para llegar hasta allí. En el caso normal de la mayoría de las especies animales, que están adaptadas a un sólo tipo de ambiente esto sí sería sorprendente pero, precisamente, lo característico de los homínidos es su progresiva desadaptación. Lo propio de ellos es poder sobrevivir en distintos hábitats no adaptando su cuerpo a las necesidades del ambiente, sino sirviéndose de medios externos para adaptar el ambiente a sus necesidades, de ahí, por ejemplo, la capacidad de fabricar instrumentos. Teniendo esto en cuenta ¿son tan pocos 100.000 años para avanzar 1000 Km? o, incluso ¿serían pocos 1000 o 100 años? No parece tan difícil.

La cuestión es que estos datos son solamente problemáticos para supuestas “teorías científicas” que intentan dar una explicación pormenorizada de lo ocurrido durante millones de años con un número de hallazgos que a veces se puede contar con los dedos de la mano.

Se ha llegado a decir que la teoría darwinista de la evolución es tan perfecta que lo explica todo; tan perfecta, que casi no es una teoría sino una especie de explicación total