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TEATRO

LUCANORADAS
"Don Martín, don Gaspar, don Illán"

Adaptación de tres apólogos de "El conde Lucanor"

 

Javier Sánchez-Collado ©
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DON MARTÍN

 

Hombre.             ¡Dios mío! ¿Cómo he podido hacerlo? He perdido todo. Un golpe de suerte bastaba... ¿Cómo ha podido Dios consentir esto? ¿Cómo lo ha podido permitir? (Se pone de rodillas.) ¡Dios mío, Dios mío! (Se levanta y empieza a caminar. La luz nos muestra a un señor sumamente elegante, sentado en un banco. Lee con tranquilidad el periódico. A sus pies, el maletín. Ante el extraño comportamiento del hombre, le mira por encima de las gafas.)

Don Martín.      ¿Le pasa algo?

Hombre.             No. Déjeme en paz.

Don Martín.      Si me cuenta qué le pasa, tal vez pueda ayudarle a...

Hombre.             (Cortante.) No lo necesito. Ahora nadie puede ayudarme.

Don Martín.      Yo sí. Pero tampoco necesito que me cuentes lo que te pasa: no debiste apostar al veinte. No... tantas veces.

Hombre.             O sea, que me ha visto usted en el casino. Y encima viene aquí con tono de guasa.

Don Martín.      No me hace falta mirar mucho para saber esto. Veinte años de casados... Número veinte.

Hombre.             ¿Y quién le ha dicho...?

Don Martín.      Pero reconoce que tenía razón.

Hombre.             Sí, he apostado al veinte, porque...

Don Martín.      No es eso. Tenía razón tu mujer: no debías haber venido.

Hombre.             (Tras una breve pausa.) No.

Don Martín.      Ahora ya no puedes volver

Hombre.             ¿A jugar? Por Dios que nunca más...

Don Martín.      (Continuando la frase.) Que nunca más volverás a casa. Ella fue muy clara en eso.

Hombre.             Pero, ¡por Dios! Esto se tiene que arreglar de algún modo. (Se pone de rodillas.) Le juro que esta ha sido la última vez. Me tiene que perdonar. ¡Ay, Dios mío, Dios mío!

Don Martín.      ¡Deja ya de decir esa dichosa palabra!

Hombre.             Por Dios que...

Don Martín.      ¡Que la dejes he dicho! Ponte de pie. (Breve silencio.) Y vamos a hablar de negocios.

Hombre.             ¿De negocios? Ya está bien de tomarme el pelo. ¿Se puede saber de una vez quién es usted para...?

Don Martín.      (Le corta con una carcajada, que no tiene que ser mefistofélica.) ¡Ah! ¿Cómo? ¿Aún no lo sabes? Soy...

Hombre.             Por lo que adivina... ¡el demonio! (Dice esto riéndose, pero se da cuenta de lo que acaba de decir.) Eso no puede ser (Muy asustado.)

Don Martín.      ¡Claro que no, hombre! No tienes nada que temer. Soy el diablo... de los negocios, claro.

Hombre.             ¿Pero qué tengo yo que ofrecer?

Don Martín.      Nada, pero basta con que confíes en mí. Y ahora sí que ganarás dinero.

Hombre.             Pero ¿cómo voy a ganar dinero si ya estoy viejo y no tengo nada que invertir?

Don Martín.      Bien. Es cuestión de cambiar de método. Toma esto (Le da una tarjeta.) No habrá puerta que no puedas pasar.

Hombre.             Pero, ¿me está proponiendo robar? Eso es imposible. Yo no podría...

Don Martín.      ¿...Correr ese riesgo? Ya te he dicho que hay que ser algo diablo en los negocios. Basta con que llames a don Martín en cualquier apuro que tengas. Yo te sacaré de todo trance.

Hombre.             ¡No lo haré! Todavía puedo pensar alguna cosa.

Don Martín.      (Encogiéndose de hombros.) Tienes razón. En invierno las noches no son tan crudas como dicen.

Hombre.             ¡Váyase al infierno! (Se sonríe don Martín.) Iré a ver a mi mujer.

Don Martín.      ¿Sin dinero? Sólo te pido que confíes en mí. Recuerda: si tienes un problema, llama a don Martín. (Se va.)

Hombre.             (Lee entre dientes la tarjeta que le acaba de entregar.) Sociedad Anónima Tan. "Ese, a, tan". ¡Tiene razón ese señor! ¡Algo hay que hacer, con don Martín o sin don Martín! (Desaparece por la derecha, llevando en la mano la tarjeta. Se escucha la voz del hombre que grita.) Abran. Vengo de parte de "ese, a, tan". (Se oye un ruido y sale el hombre con una pequeña bolsa.) Ya se ve que don Martín no engañaba. ¡Esto no ha hecho más que empezar! ¡Y no pararé hasta que tenga millones! ¡Viva don Martín!

                                    (Se va. Oscuro. Sin embargo no hay interrupción en la escena: la unión entre ambas es la voz del hombre que grita "don Martín", cambiando el tono: al acabar la escena anterior es jubiloso, mientras que ahora es un grito de ayuda. Cuando vuelve la luz, dos policías sujetan al hombre, con mucho mejor porte que en la anterior escena.)

Hombre.             ¡Don Martín!

Don Martín.      Tranquilo. Ya ves que no he tardado nada. (Al policía.) Siento mucho este error, agente.

Policía 1.            Disculpe, señor. No sabíamos que la casa era suya.

Don Martín.      Sí, es una vieja propiedad que posee... mi empresa, desde hace ya mucho tiempo. Pero no le dé más vueltas. No tiene mayor importancia.

Policía 2.            Verá usted: como ha habido tanto robo estos últimos días... Alguien le vio y...

Don Martín.      Han hecho muy bien. Pero no se preocupen más: tengan mi tarjeta. Este hombre es un gran amigo mío.

Hombre.             Sí don Martín.

Don Martín.      Han cumplido ustedes con su obligación. Y confiemos en que esos ladrones abandonen ya su triste oficio.

Policía 1.            No, esos no pararán...

Policía 2.            Mientras no tengan todos los millones que quieren. (Se marchan leyendo la tarjeta. Se les oye comentar mientras se alejan algo así como: -."S. A. Tan". ¿De qué será esta empresa? -Algo de tanatorios o de muertos.)

Don Martín.      Veo que has prosperado. Vas muy bien vestido.

Hombre.             Sí, ahora no me falta dinero. Pero pensaba que ya se había acabado todo.

Don Martín.      Sabes que sólo tienes que seguir confiando en mí. (Se va.)

Hombre.             ¡Claro que seguiré! (Mirando la tarjeta.) Mientras Tenga esto en mis manos, claro que seguiré. ¿Por qué no abrir otra puerta?

                                    (Oscuro. Se oye una puerta metálica que se abre y, pesadamente, se cierra. Cuando vuelve la luz, encontramos la escena en la celda de una cárcel. Bastará con muy pocos elementos: un banco, en el que está el hombre sentado, y el ruido de una reja que indica la llegada de dos visitantes del preso.)

Hombre.             (Mira al suelo. Está hablando para sí, sin percartarse de la llegada de don Martín y el carcelero.) ¡Don Martín! No debía haberle hecho caso. No debía...(Ve a los que acaban de llegar.) ¡Don Martín!

Carcelero.          (A don Martín.) ¿Es este?

Don Martín.      Sí, muchas gracias.

Hombre.             ¡Don Martín! (Se abalanza sobre él.) Pensé que ya no llegaba. Hace varios días que intento localizarle...

Carcelero.          Tranquilo amigo (Sujeta al hombre antes de que llegue a don Martín, temiendo que le vaya a hacer algo.)

Don Martín.      (Al carcelero.) No se preocupe. Todo ha sido un malentendido (Le da unos papeles.) Un pequeño error burocrático.

Hombre.             ¡Pero cuánto ha tardado!

Don Martín.      Lo siento. Pero he tenido unos negocios pendientes y me ha sido imposible acudir antes. Pero aquí estoy , ¿no?

Carcelero.          Tienes suerte, amigo. (Le quita la cadena.) Esto tenía muy mala pinta.

Don Martín.      Pero ya está arreglado. Tenga mi tarjeta. (Se la entrega al carcelero, que se marcha leyéndola en voz baja. Los demás carceleros se llevan el banco y los otros elementos de la celda. Mientras tanto aparecen diversos paseantes, barrenderos, etc. que colocan una farola, un árbol y algún otro elemento callejero que sitúa la escena en la calle. Don Martín y el hombre permanecen en el mismo sitio, sin interrumpir su diálogo.)

Don Martín.      Oye, llevabas ya mucho tiempo sin llamarme. Veo que van bien las cosas.

Hombre.             Sí; aunque esto... Pero gracias a Dios ya estoy libre.

Don Martín.      ¿Gracias a...? ¿Aún no te has dado cuenta de quién te ayuda? (Al terminar esta frase, debe haber desaparecido ya.)

Hombre.             ¡El mismo demonio! (Se ríe.) Y con esta ayuda (Coge la tarjeta.), no pienso sentarme aquí y esperar.

                                    (Se sienta en el banco que hay al fondo de la escena. Oscuro en el resto del escenario, iluminando sólo al hombre. Es su banquillo de acusado. Mira al público, que es donde está el juez, cuya voz se oye por los altavoces de la sala. Lo mismo ocurre con las otras voces: los murmullos, el abogado defensor...)

Voz del Juez.    ...De todo lo cual queda declarado culpable, por lo que se le condena a la consiguiente...

Hombre.             ¡Avisen a don Martín! (Murmullos en la sala del juicio. El hombre sigue musitando.) No debía haber confiado en él. No debía...

Voz del Juez.    ¡Silencio!

Hombre.             ¡Avisen a don Martín! ¡A don Martín!

Voz del Juez.    (Golpeando con el martillo.) ¡Silencio o le expulsaré de la sala! (Cesa el murmullo y sigue.) Por lo que se le condena a la consiguiente...

Don Martín.      (Entrando bruscamente. Queda también iluminado.) ¡Disculpe su Señoría! Pero no he podido acudir antes a los requerimientos de la defensa.

Hombre.             ¡Don Martín!

Don Martín.      (Sin hacer caso al hombre, se dirige al juez.) Sencillamente podrá comprobar en estas fotos y documentos cómo la identidad del acusado no coincide con la que señalan los testigos. (Siguen los murmullos, más fuertes. Tras una breve pausa, prosigue.) Con su venia. (Aumentan los murmullos mientras salen, tal y como indica la luz y las voces de fondo, que se van mitigando.)

Hombre.             ¡Creía ya que iba a morir! ¡Me iban a condenar a muerte! ¿Por qué se ha retrasado tanto? Tenía ya la soga al cuello.

Don Martín.      Los negocios no se solucionan cuando uno quiere... Pero se solucionan. ¿Acaso he defraudado tu confianza? Cada vez eres más rico. Lo demás, ¿qué importa? (Desaparece de escena..)

Hombre.             Eso es fácil decirlo, pero...(Mira la tarjeta. Se ríe.) Sería muy tonto si no me aprovecho de una ocasión como esta. Aún no es tiempo de retirarse, si se tienen buenas cartas.

                                    (Cambia la luz y entran unos personajes que empiezan a montar un patíbulo.)

Juez.                         (Vestido con toga, de modo que se reconozca fácilmente que es el juez.) Hoy mismo se ejecutará la sentencia; en cuanto la horca esté dispuesta.

Hombre.             ¿Por qué no han avisado a don Martín? ¡Necesitaba una defensa justa!

Juez.                         Da igual. Los últimos hechos son innegables, incontestables y, por tanto, inapelables. No pueden admitir otra interpretación. ¡Verdugo! ¿Está ya todo listo para la ejecución?

Verdugo.            Parece increíble, señor juez, pero no encontramos la soga por ninguna parte. Quizá podríamos retrasar la ejecución hasta que...

Juez.                         ¡Cómo? ¡Eso es imposible! Hay que cumplir la justicia.

Verdugo.            Pero señor, sin soga no...

Juez.                         ¡Silencio! Tiene que encontrar una cuerda enseguida: antes de que llegue la televisión. Hay que cumplir la justicia. ¡Que todo el mundo busque una cuerda!

Hombre.             (Musitando) ¿Por qué habré confiado en él? ¿Por qué?

                                    (Gente que cruza la escena mientras el hombre permanece de rodillas en el patíbulo. En medio del trasiego de personas aparece don Martín, vestido igual que antes, aunque embozado en una capa de corte moderno. Se acerca por detrás con un pequeño maletín en la mano.)

Hombre.             ¡Don Martín!

Don Martín.      Silencio.

Hombre.             ¡Don Martín, que me ahorcan! Sálveme. Tengo que salir de aquí. Hable con el juez.

Don Martín.      Eso ya no puedo hacerlo. Pero toma (Le da el maletín.): dale esto al juez y te bastará.

Hombre.             ¿Es dinero?

Don Martín.      No digas eso: el juez no podría aceptarlo.

Hombre.             ¿Pues qué le digo entonces?

Don Martín.      Dile... que es una aportación a la justicia de la ciudad. (Se va.)

Hombre.             Señoría.

Juez.                         ¡Silencio! Ya podías molestar menos y ayudarnos en la búsqueda.

Hombre.             No puedo moverme de aquí, Señoría. Pero si lo que la justicia necesita es una ayuda... aquí dentro puede encontrarla.

Juez.                         El soborno es algo que contraviene la ley.

Hombre.             Es una ayuda que no es justa, pero sobra: la maleta está llena.

Juez.                         En ese caso habrá que reconsiderar...

Hombre.             ...que tiene que sacarme de aquí cuanto antes.

Juez.                         (A todos.) ¡Un momento! No se puede hacer sufrir inútilmente al reo alargándole la agonía. Evidentemente, la falta de cuerda es un fallo administrativo.

Verdugo.            No es mi culpa, señor Juez. Créame: siempre he tenido todo dispuesto para estas ocasiones, pero hoy no sé lo que...

Juez.                         (Cortándole.) Un fallo administrativo, pues, que no debe imputarse al reo, cuya voluntad de morir ajusticiado es bien patente. Él ha hecho todo lo posible para que se cumpla la ley, y la ley debe ser benigna con él: creo que debemos aplazar la ejecución y revisar la sentencia a tenor de los últimos hechos.

Verdugo.            Pero, señor juez, la televisión ya está aquí para retransmitir la ejecución.

Juez.                         Eso no importa: nada debe influir en la justicia.

                                    (Murmullo de la muchedumbre, pues unos y otros comentan que "hay que revisar este caso", si "el Juez lo ha dicho, será por algo", etc. Mientras tanto, el juez se adelanta y lee para sí la tarjeta que tiene el maletín.)

Juez.                         "S.A.TAN". (Con tono algo burlón.) ¡Vaya!, qué gracioso. (Con gesto avaro abre la maleta. Ruido seco al golpear la maleta contra el suelo. El juez contempla indignado su contenido.)

Juez.                         ¡Una cuerda! ¿Qué más necesitamos? ¡Ahorcadle!

                                    (El gentío se abalanza sobre el hombre. Oscuro mientras se sigue escuchando la algarabía del pueblo y los gritos del reo, pidiendo ayuda a don Martín. Silencio. Luz débil y azulada que permite ver tan sólo la silueta del ahorcado y, al pie del patíbulo, inmóvil, la sombra de la muchedumbre cruza la escena la silueta de don Martín.)

Hombre.             ¡Ay, don Martín! Muero. ¿Por qué no me lo dijiste?

Don Martín.      Siempre hago lo mismo con los que confían en mí. ¿Acaso lo ignorabas?

Hombre.             Sí. No sabía quién eras.

Don Martín.      ¿No? (Risa.) Y ahora, ¿lo sabes ya? (Risa y desaparece. La escena sigue inmóvil. Ruido seco de ahorcamiento.)

 

TELÓN

 

 DON ILLÁN

 

                               (La acción se desarrolla a mediados del siglo XIX, en cierta ciudad castellana. La biblioteca de don Illán. No hay ningún mueble en la escena: el decorado son los actores mismos. En este momento varios de ellos forman un cuadro en el que se está coronando a un rey. Además de esto puede haber estatuas y baldas -actores que sujetan libros.)

 

 

  GRACIÁN

 ...Y esta es la biblioteca en la que mi señor trabaja.

 

  JOVEN

 ¡Qué libros! Seguro que tienen más de mil años... por lo menos este.  ¿Qué es lo que dicen las visitas de...?

 

  GRACIÁN

 (Cortante.) A casi nadie permite el señor pasar a esta sala; pero a nadie consiente que toque ni uno solo de sus libros: es lo que más le irrita.

 

  JOVEN

 (Dejando el libro que acaba de tomar.) Por supuesto, y hace muy bien. Aunque no creo que nadie se atreva. ¿No cree? ¡Vaya falta de compostura!

 

  GRACIÁN

 Debe tener en cuenta que si usted está aquí es por la vieja amistad que con su padre tenía don Illán. Así que le ruego que haga el favor de no alterar para nada el orden de esta casa.

 

  JOVEN

 ¡Ah! No se preocupe por mí. Creo que en esta habitación podría pasar horas enteras sin aburrirme, viendo tantas cosas antiguas. ¿No le da miedo a don Illán trabajar aquí, con tantos retratos y estatuas? Este enorme cuadro, por ejemplo, ¿a qué rey representa? ¡Menuda corona más rara lleva puesta!

 

  GRACIÁN

 Ya le he dicho que no debe alterar el orden de la casa... ni el mío. Espere en silencio.

 

  JOVEN

 Tiene razón. La verdad es que estoy un poco nervioso. Con todas esas cosas que se cuentan sobre don Illán... Aunque supongo que usted ya sabrá...

 

  GRACIÁN

 ¡Silencio! (El joven asiente nervioso. Pausa.) El señor ya se acerca.

                               (Entra don Illán, que parece no percatarse de la presencia del Joven: revisa su biblioteca, coge varios libros de un anaquel y se enfrasca en su lectura.)

 

    JOVEN

 Buenas tardes, señor. (Silencio breve.) Creo que uste conoció a... (Don Illán le mira secamente y la frase queda cortada.)

 

  DON ILLÁN

 (Tras un rato de pausa en el que sigue enfrascado en sus libros.) ¿A su padre?

 

  JOVEN

 (Intentando reanudar su charla.) Mi padre me decía que era usted un hombre muy...

 

  DON ILLÁN

 (Cortándole.) ¿Quiere decirme qué es lo que necesita de mí?

 

  JOVEN

 Quería conocerle... quería saber si sería posible que usted me...

 

  DON ILLÁN

 Mi único interés son los libros. ¿No se lo dijo su padre?

 

  JOVEN

 Sí, sí, claro. Pero también se dice que uste puede...

 

  DON ILLÁN

 ¿Y de verdad cree usted todo lo que se dice de mí?

 

  JOVEN

 No, pero... (Rápido, nervioso.) Si usted pudiera enseñarme a conocer el futuro... Yo le daría todo lo que me pidiera.

 

  DON ILLÁN

 ¡Qué poco talento!

 

  JOVEN

 ¿Es eso imposible?

 

  DON ILLÁN

 No, no es imposible. ¡Es una tontería!

 

  JOVEN

 Pero...

 

  DON ILLÁN

 Vamos a ver, joven. ¿Para qué desea usted saber nada del porvenir?

 

  JOVEN

 Vería...

 

  DON ILLÁN

 ¡Problemas!

 

  JOVEN

 Sin duda obtendría...

 

  DON ILLÁN

 ¡Temores!

 

  JOVEN

 ¿Y si lograra...?

 

  DON ILLÁN

 ¡Disgustos!

 

  JOVEN

 Pero me quitaría...

 

  DON ILLÁN

 ¡El sueño! Eso es lo único que se quitaría.

 

  JOVEN

 Pero señor. Usted sabe quién es mi tío: él posee un título nobiliario cargado de poder. Si yo lograra ocupar un día su puesto, tal vez llegue a ser una persona muy influyente. Si usted quisiera enseñarme...

 

  DON ILLÁN

 Pero eso de las magias y del futuro son cosas del pasado, superticiones tontas. En realidad, mi único secreto está en conocer a las personas, y eso requiere un esfuerzo. Conocer a las personas: ¿estarías dispuesto a aprender eso?

 

  JOVEN

 ¡Haría lo que hiciera falta!

 

  DON ILLÁN

 Y una vez que hayas alcanzado lo que quieres, ¿me agradecerás lo que he hecho por ti?

 

  JOVEN

 ¡Le daré lo que me pida!

 

  DON ILLÁN

 Palabras, palabras...

 

  JOVEN

 ¡Lo que me pida! Le aseguro que no me olvidaré de usted.

 

  DON ILLÁN

 Bien. En ese caso aprenderás todo lo que sé. Pero no olvides tu palabra. ¡Gracián! Prepara unas perdices para la cena de hoy.

 

  GRACIÁN

 ¿Unas perdices, señor?

 

  DON ILLÁN

 Sí. Unas perdices. Pero no las pongas a asar hasta que yo mismo te lo indique. Mañana mismo comenzaremos la lección en el jardín

                              

                               (Los actores que formaban el cuadro y el resto de la biblioteca desaparecen, poniendo antes unas cuantas macetas en la escena: es el jardín.)

 

  JOVEN

 ¡Gracián! ¿Cuándo dijiste que llegaba el correo a esta casa?

 

  GRACIÁN

 El señor sólo permite que llegue el primer día de cada mes. No disfruta con las visitas.

 

  JOVEN

 ¡Y si hoy no viene, estaré otro mes sin recibir nocticias! Mi tío, el marqués, ha enfermado, y heme aquí esperando, semana tras semana, sin poder ir a defender mis derechos.

 

  GRACIÁN

 Usted aceptó las condiciones del trato.

 

  JOVEN

 ¡Pero yo no sabía que iba a suceder esto durante mi ausencia! Pero si yo...¡Ah! Parece que alguien llega.

 

  EMISARIO 1º

 Al fin os encontramos, señor. Permitidnos que seamos los primeros en honraros.

 

  DON ILLÁN

 (Entrando.) ¿Qué es lo que sucede?

 

  EMISARIO 2º. (Al Joven.) El señor marqués, vuestro tío, falleció hace tres días y ha dejado dispuesto que sobre vuestra persona recaigan sus títulos y cuanto estos llevan consigo.

 

  JOVEN

 ¡Por fin!

 

  EMISARIO 1º

 Todo el mundo os aguarda en la ciudad para rendiros los honores que merecéis.

 

                               (El Emisario 1º da órdenes a diversos criados, que con una mesa y unas sillas transforman  el jardín en el despacho del nuevo marqués, al que visten ahora con una levita y un sombrero adecuados a su cargo. Todo esto sucede sin interrumpir el diálogo de los personajes.)

 

  DON ILLÁN

 Por lo que veo, te va a resultar muy fácil cumplir la promesa de gratitud que me hiciste en su día, ya que podrás ayudar a un sobrino mío, al que guardo mucho aprecio, y que precisamente vive en esa ciudad.

 

  JOVEN

 Le estoy muy agradecido, don Illán, pero le ruego que espere aún una ocasión más propicia, pues primeramente tendré que ganarme el favor de muchas personas antes de poder ayudarle.

 

  DON ILLÁN

 Ay, palabras, palabras...

 

  JOVEN

 Ya verá cómo no será así. En cuanto me halle en la ciudad, sentado a la mesa con todos mis secretarios, tendré tiempo de acordarme de usted.

                               (Desde la anterior intervención ya estaban sentados a la mesa los secretarios: son los propios criados que, tras disponer la escena, se han puesto algún sombrero o levita y charlan animadamente. El Joven se ha incorporado al grupo mientras decía las últimas frases. Sigue durante unos segundos el murmullo de la conversación.)

 

  EMISARIO 3º

 Señor marqués.

 

  JOVEN

 ¿Qué sucede?

 

  EMISARIO 3º

 El rey me envía a comunicaros que desea premiar los años años que habéis gastado a su servicio en esta ciudad, y os concede el título de conde, a la par que solicita que os trasladéis a la corte inmediatamente.

 

  JOVEN

 Dile que así se hará. (A sus secretarios.) En cuanto a mi anterior título de marqués, creo que es justo pedir que pase a poder de mi hermano, que tan buenos oficios ha demostrado durante mi estancia en esta ciudad.

 

  DON ILLÁN

 Señor, acordaos de lo que me prometisteis estando en mi vieja casa, y permitid que sea mi sobrino quien herede el título.