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Textos de Benedicto XVI en su viaje a Colonia (agosto
2005)
Homilía en la Misa de clausura de las JMJ
Homilía en la vigilia con los jóvenes
Palabras al final de la misa de clausura de las JMJ
Envía a los jóvenes como misioneros
Discurso a los representantes musulmanes
Despedida de Alemania en el aeropuerto
Discurso a los obispos alemanes
Discurso tras visitar la Catedral de Colonia
Mensaje a los jóvenes en el Rin
Discurso en la Sinagoga de Colonia
Discurso a representantes de otras confesiones cristianas
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Homilía
de Benedicto XVI en la misa de clausura de las Jornadas de la Juventud.
Colonia, 21.8.2005
[En alemán]
Queridos jóvenes:
Ante la sagrada Hostia, en la cual Jesús se ha hecho pan para nosotros, que
interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6,35), hemos comenzado ayer tarde el camino interior de
la adoración. En la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión. Con la
Celebración eucarística nos encontramos en aquella «hora» de Jesús, de la cual
habla el Evangelio de Juan. Mediante la Eucaristía, esta «hora» suya se
convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los
discípulos Él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción
liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad.
Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza
y bendición. Sin embargo, sucede algo nuevo. Él da gracias a Dios no solamente
por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se
realizará mediante la Cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los discípulos
también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas:
«Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la Nueva
Alianza sellada con mi Sangre». Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo
tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria
aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.
¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre?
Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte, la
acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el
exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un
amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se
realizó en el cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de
transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios
sea todo en todos (cf. 1 Cor
15,28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo,
un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de
transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se
transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto
convierte la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior,
superada; en ella está ya presente la resurrección. La muerte ha quedado, por
así decir, profundamente herida, hasta el punto de que, de ahora en adelante,
no puede ser la última palabra. Ésta es, por usar una imagen muy conocida para
nosotros, la fisión nuclear acaecida en lo más íntimo del ser; la victoria del
amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima
explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de
transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios
son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención: lo que desde lo
más íntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este
dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porque se entrega realmente a sí
mismo.
[En inglés]
Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte
en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en
su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede
detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la
Sangre de Cristo se nos dan para que a su vez nosotros mismos seamos
transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus
consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros
llegamos a ser una sola cosa. La adoración, hemos dicho, llega a ser, de este
modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el Totalmente otro.
Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y
desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para
que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo percibo una alusión
muy bella a este nuevo paso que la Última Cena nos indica con la diferente
acepción de la palabra «adoración» en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el
reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos
seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida,
considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la
verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos,
verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de
libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla
completamente nuestra será posible solamente en el segundo paso que nos
presenta la Última Cena. La palabra latina adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por
tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos
sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas
extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.
[En francés]
Volvamos de nuevo a la Última Cena. La novedad que allí se verificó, estaba en
la nueva profundidad de la antigua oración de bendición de Israel, que ahora se
hacía palabra de transformación y nos concedía el poder participar en la hora
de Cristo. Jesús no nos ha encargado la tarea de repetir la Cena pascual que,
por otra parte, en cuanto aniversario, no es repetible a voluntad. Nos ha dado
la tarea de entrar en su «hora». Entramos en ella mediante la palabra del poder
sagrado de la consagración, una transformación que se realiza mediante la
oración de alabanza, que nos sitúa en continuidad con Israel y con toda la
historia de la salvación, y al mismo tiempo nos concede la novedad hacia la
cual aquella oración tendía por su íntima naturaleza. Esta oración, llamada por
la Iglesia «oración eucarística», hace presente la Eucaristía. Es palabra de poder,
que transforma los dones de la tierra de modo totalmente nuevo en la donación
de Dios mismo y que nos compromete en este proceso de transformación. Por esto
llamamos a este acontecimiento Eucaristía, que es la traducción de la palabra
hebrea beracha, agradecimiento, alabanza,
bendición, y asimismo transformación a partir del Señor: presencia de su
«hora». La hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor. En otras
palabras: es Dios quien ha vencido, porque Él es Amor. La hora de Jesús quiere
llegar a ser nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la celebración de la
Eucaristía, nos dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el
Señor pretende. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida. No
se trata de positivismo o ansia de poder, cuando la Iglesia nos dice que la
Eucaristía es parte del domingo. En la mañana de Pascua, primero las mujeres y
luego los discípulos tuvieron la gracia de ver al Señor. Desde entonces
supieron que el primer día de la semana, el domingo, sería el día de Él, de
Cristo. El día del inicio de la creación sería el día de la renovación de la
creación. Creación y redención caminan juntas. Por esto es tan importante el
domingo. Es bonito que hoy, en muchas culturas, el domingo sea un día libre o,
juntamente con el sábado, constituya el denominado «fin de semana» libre. Pero
este tiempo libre permanece vacío si en él no está Dios. ¡Queridos amigos! A
veces, en principio, puede resultar incómodo tener que programar en el domingo
también la Misa. Pero si os empeñáis, constataréis más tarde que es exactamente
esto lo que le da sentido al tiempo libre. No os dejéis disuadir de participar
en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla.
Ciertamente, para que de ella emane la alegría que necesitamos, debemos
aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla.
Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de la
liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos
fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que
prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis
también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa
de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida.
[En italiano]
Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no
se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes
del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo puede funcionar
del mismo modo sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de
frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No
es posible que la vida sea así! Verdaderamente no. Y de este modo, junto a
olvido de Dios existe como un «boom» de lo religioso.
No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en este contexto. Puede darse
también la alegría sincera del descubrimiento. Pero exagerando demasiado, la
religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que
place, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la religión buscada a la
«medida de cada uno» a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de
crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los hombres a descubrir la
verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo! Tratemos nosotros mismos
de conocerlo siempre mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los
demás hacia Él. Por esto es tan importante el amor a la Sagrada Escritura y, en
consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la
Escritura. Es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia en su fe creciente y
la ha hecho y hace penetrar cada vez más en las profundidades de la verdad (cf. Jn 16,13). El Papa Juan Pablo
II nos ha dejado una obra maravillosa, en la cual la fe secular se explica
sintéticamente: el «Catecismo de la Iglesia Católica». Yo mismo, recientemente,
he podido presentar el «Compendio» de tal Catecismo, que ha sido elaborado a
petición del difunto Papa. Son dos libros fundamentales que querría
recomendaros a todos vosotros.
[En castellano]
Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas
en la fe! En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los
cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Buscad la comunión
en la fe como compañeros de camino que juntos van siguiendo el itinerario de la
gran peregrinación que primero nos señalaron los Magos de Oriente. La
espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo
importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los
que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su
vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado
con los doce Apóstoles.
[En alemán]
Aún, una vez más, debo volver a la Eucaristía. «Porque aún siendo muchos, un
solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» dice
san Pablo (1 Cor 10,17). Con esto quiere decir:
puesto que recibimos al mismo Señor y Él nos acoge y nos atrae hacia sí, seamos
también una sola cosa entre nosotros. Esto debe manifestarse en la vida. Debe
mostrase en la capacidad de perdón. Debe manifestarse en la sensibilidad hacia
las necesidades de los demás. Debe manifestarse en la disponibilidad para
compartir. Debe manifestarse en el compromiso con el prójimo, tanto con el
cercano como con el externamente lejano, que, sin embargo, nos mira siempre de
cerca. Existen hoy formas de voluntariado, modelos de servicio mutuo, de los
cuales justamente nuestra sociedad tiene necesidad urgente. No debemos, por
ejemplo, abandonar a los ancianos en su soledad, no debemos pasar de largo ante
los que sufren. Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo,
entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir
viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos donde y
como somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto
que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que
preocuparse solo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé que vosotros como
jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor.
Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera exactamente
este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante
vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes seguimos.
¡Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida como verdaderos adoradores de
Dios! Amén.
Homilía
del Papa en la vigilia con los jóvenes.
Colonia,
sábado, 20 agosto 2005
[En alemán]
Queridos jóvenes:
En nuestra peregrinación con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado al
momento que san Mateo describe así en su Evangelio: «Entraron en la casa (sobre
la que se había parado la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de
rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). El camino exterior
de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un
nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida.
Porque seguramente se habían imaginado a este Rey recién nacido de modo
diferente. Se habían detenido precisamente en Jerusalén para obtener del Rey
local información sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían que el mundo
estaba desordenado y por eso estaban inquietos. Estaban convencidos de que Dios
existía, y que era un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído hablar
también de las grandes profecías en las que los profetas de Israel habían
anunciado un Rey que estaría en íntima armonía con Dios y que, en su nombre y
de parte suya, restablecería el orden en el mundo. Se habían puesto en camino
para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la
justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus
pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas
personas que «tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5,
6). Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos
para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio.
Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en
realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo
hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa
si no en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de
gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes – el Rey al que habían
acudido – le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra
opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey era muy diferente de lo que se
esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de cómo acostumbramos a
imaginarlo. Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que
se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero
debían aún interiorizar estos gozosos gestos.
[En inglés]
Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y, con ello
cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto: el poder de Dios es diferente
al poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo
imaginamos, y de como quisiéramos imponerle también a Él. En este mundo, Dios
no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus
ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos,
Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo (cf.
Mt 26,53). Al poder estridente y pomposo de este
mundo, Él contrapone el poder inerme del amor, que en la Cruz – y después
siempre en la historia – sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad
divina, que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios. Dios es
diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos
tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.
Habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad
sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración.
Una adoración que comprendía también sus presentes – oro, incienso y mirra –,
dones que se hacían a un Rey considerado divino. La adoración tiene un
contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de
Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y
poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un
camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de
la justicia y del bien en el mundo. En esto, tenían razón. Pero ahora aprenden
que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo
alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que
éste es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo
divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de
convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de
la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán
más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que
aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos.
Saliendo de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en
el seguimiento de Jesús.
[En francés]
Queridos amigos, podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros.
Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa de Dios, que ha de
orientar nuestras vidas, suena bien, pero queda algo vago y difuminado. Por eso
Dios nos ha dado ejemplos. Los Magos que vienen de oriente son sólo los
primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado
constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han buscado al Dios que
está cerca de nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino. Es la
muchedumbre de los santos – conocidos o desconocidos – mediante los cuales el
Señor nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus
páginas; y lo está haciendo todavía. En sus vidas se revela la riqueza del
Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha
dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado
predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha beatificado y canonizado a un gran número
de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. En estas figuras ha
querido demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una
vida del modo justo: a vivir a la manera de Dios. Los beatos y los santos han
sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que
han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de
Cristo. De este modo, ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran
cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la
historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a
la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de
precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la
posibilidad de aceptar – tal vez en el dolor – la palabra de Dios al terminar
del obra del creación: «Y era muy bueno». Basta pensar en figuras como san
Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Ávila, san Ignacio de Loyola,
san Carlos Borromeo, a los fundadores de las órdenes
religiosas del siglo XVIII, que han animado y orientado el movimiento social, o
a los santos de nuestro tiempo: Maximiliano Kolbe,
Edith Stein, Madre Teresa, Padre Pío. Contemplando
estas figuras comprendemos lo que significa «adorar» y lo que quiere decir
vivir a medida del niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo.
[En castellano]
Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera
expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios,
proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo
pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de
Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para
transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista
humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se
llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo
esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la
mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra
libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución
verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es
justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es
el amor?
Queridos amigos, permitidme que añada sólo dos breves ideas. Muchos hablan de
Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia.
Por tanto, es importante descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de
Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el niño de Belén.«Quien me ha
visto a mí, ha visto al Padre», dijo Jesús a Felipe (Jn
14,9). En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera
traspasado, en Él se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Lo seguiremos
junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el
camino justo.
[En italiano]
Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino
que creemos y nos postramos ante el Jesús que nos muestran las Sagradas
Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta
viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante de nosotros. Se
puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo ha
dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El
Papa Juan Pablo II, que nos ha mostrado el verdadero rostro de la Iglesia en
los numerosos santos que ha proclamado, también ha pedido perdón por el mal
causado en el transcurso de la historia por las palabras o los actos de hombres
de la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos ha hecho ver nuestra
verdadera imagen, y nos ha exhortado a entrar, con todos nuestros defectos y
debilidades, en la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse con los
Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia.
Así, no obstante todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún entre los
que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es
como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de
Dios, mediante la cual Él establece un espacio de comunión y unidad en todos
los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a
esta gran familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo aquí, en
Colonia, experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande
como el mundo, que comprende el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el
futuro de todas las partes de la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos,
caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia.
[En alemán]
«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas
lo adoraron» (Mt 2,11). Queridos amigos, ésta no es
una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia
consagrada, Él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta
misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así
el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en
tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cf.
Jn 12,24). Él está presente, como entonces en Belén.
Y nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos
ahora en camino para esta peregrinación del espíritu, y pidámosle a Él que nos
guíe. Amén.
Palabras
del Papa al final de la misa de clausura de las Jornadas de la Juventud. 21/8/2005.
Queridos amigos:
Hemos llegado al final de esta maravillosa celebración, y también de la
vigésima Jornada Mundial de la Juventud. Siento resonar con fuerza en mi
corazón una palabra: «¡gracias!». Estoy seguro que esta palabra encuentra un
eco unánime en cada uno de vosotros. Dios mismo la ha grabado en nuestros
corazones y la ha rubricado con esta Eucaristía, que significa precisamente
«agradecimiento». Sí, queridos jóvenes, la palabra de agradecimiento, que nace
de la fe, se expresa en el canto de alabanza a Él, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, que nos ha dado un prueba más de su inmenso amor.
Nuestro agradecimiento, que se eleva a Dios por el don de este encuentro
inolvidable, se extiende a todos los que han preparado su organización y
desarrollo. Renuevo en particular mi vivo agradecimiento al Consejo Pontificio
de los Laicos, presidido por el arzobispo Stanislaw Rylko, con la ayuda eficaz del Secretario, Mons. Josef Clemens, y a los Hermanos
del Episcopado alemán, en primer lugar al arzobispo de Colonia, Cardenal Joachim Meisner. Gracias a las
Autoridades políticas y administrativas, que han hecho posible el desarrollo
sereno de todas las manifestaciones de estos días; gracias también a tantos
voluntarios provenientes de las Diócesis alemanas y de otros muchos países. Y
un agradecimiento cordial a los numerosos monasterios de vida contemplativa,
que han acompañado con su oración la Jornada Mundial de la Juventud.
En este momento en que la presencia viva entre nosotros de Cristo resucitado
alimenta la fe y la esperanza, tengo la dicha de anunciar que el próximo
Encuentro Mundial de la Juventud tendrá lugar en Sydney, Australia, el año
2008. Encomendemos a la guía materna y solícita de la Santísima Virgen María el
camino futuro de los jóvenes del mundo entero.
[Después de rezar el Ángelus, añadió:]
[En francés]
Saludo con afecto a los jóvenes de lengua francesa. Queridos amigos, agradezco
vuestra participación y os deseo que volváis a vuestros Países llevando en
vosotros, como los Magos, la alegría de haber encontrado a Cristo, el Hijo del
Dios vivo.
[En inglés]
A los jóvenes de lengua inglesa provenientes de diversas partes del mundo,
dirijo un cálido saludo, al final de estas inolvidables Jornadas. ¡Qué la luz
de Cristo, que habéis seguido para venir a Colonia resplandezca ahora más
límpida e intensa en vuestra vida!
[En español]
Queridos jóvenes de lengua española. Habéis venido para adorar a Cristo. Ahora
que lo habéis encontrado, continuad a adorarlo en vuestro corazón, siempre dispuestos
a dar razón de vuestra esperanza (cf. 1 P 3,15).
¡Feliz regreso a vuestros Países"
[En italiano]
Queridos amigos de lengua italiana. Llega ya al final la vigésima Jornada
Mundial de la Juventud, pero esta celebración eucarística continúa en la vida:
llevad a todos la alegría de Cristo que aquí habéis encontrado.
[En polaco]
¡Un abrazo afectuoso a todos vosotros, jóvenes polacos! Como os diría el gran
Papa Juan Pablo II, mantened viva la llama de la fe en vuestra vida y en la de
vuestro pueblo. Que María, Madre de Cristo, guíe siempre vuestros pasos.
[En portugués]
Saludo con afecto a los jóvenes de lengua portuguesa. Queridos jóvenes, os
deseo que viváis siempre en amistad con Jesús, para experimentar la verdadera
alegría y comunicarla a todos, especialmente a vuestros coetáneos que se
encuentra en dificultad.
[En filipino]
¡Queridos amigos de lengua filipina y todos vosotros, jóvenes de Asia! Como los
Magos habéis venido de Oriente para adorar a Cristo. Ahora que lo habéis
encontrado, volved a vuestros países llevando en el corazón la luz de su amor.
[En swahili]
¡Un cordial saludo, también para vosotros jóvenes africanos!, Llevad a vuestro
grande y amado continente la esperanza que Cristo os ha dado. Sed, por todas
partes, sembradores de paz y de fraternidad.
[En alemán]
Queridos amigos que habláis mi lengua, os agradezco el afecto que me habéis
demostrado en estos días. Acompañadme de cerca con vuestra oración. Caminad
unidos. Sed siempre fieles a Cristo y a la Iglesia. ¡Qué la paz y la alegría de
Cristo estén siempre con vosotros!
Benedicto
XVI envía a los jóvenes como misioneros de un mundo que olvida a Dios
(21 agosto 2005)
En
la misa de clausura de las Jornadas Mundiales de la Juventud
«Quien
ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se
puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla», afirmó el Santo Padre
en la homilía al dirigirse a más de un millón de personas congregadas en la
explanada de Marienfeld, a unos 27 kilómetros de
Colonia.
La eucaristía concluyó precisamente con la ceremonia de «Entrega de la cruz» a
los chicos y chicas presentes y con el «envío misionero» a los cinco
continentes (los muchachos procedían de 193 países).
Los jóvenes «están listos para partir de Colonia como jóvenes apóstoles del
tercer milenio», afirmó el arzobispo Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio de los Laicos, en
las palabras que dirigió al pontífice al introducir esa ceremonia conclusiva.
En la homilía, el obispo de Roma había constatado que «en numerosas partes del
mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo puede funcionar del
mismo modo sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de
frustración, de insatisfacción de todo y de todos».
«Dan ganas de exclamar -confesó-: ¡No es posible que la vida sea así!
Verdaderamente no. Y de este modo, junto a olvido de Dios existe como un “boom” de lo religioso», aclaró, desenmascarando el riesgo
de que la religión se convierta en «un producto de consumo».
«Se escoge aquello que place, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la
religión buscada a la “medida de cada uno” a la postre no nos ayuda. Es cómoda,
pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte».
Por eso, el Papa pidió a los jóvenes congregados en Colonia ayudar «a los
hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo!».
«Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar también,
de modo convincente, a los demás hacia Él», exhortó.
Como medios para descubrir y anunciar a Cristo, el Papa presentó la
participación activa en la misa del domingo, el sacramento de la
Reconciliación, la meditación de la sagrada Escritura, la lectura del
«Catecismo de la Iglesia Católica» y su «Compendio», recién publicado.
«¡Construid comunidades basadas en la fe! -les recomendó por último- En los
últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza
del Evangelio se deja sentir con vivacidad».
Al mismo tiempo, afirmó, «la espontaneidad de las nuevas comunidades es
importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con
los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos
particulares, sino que a su vez se está viviendo en esa gran familia de Dios
que el Señor ha fundado con los doce apóstoles».
A pesar de su conocida discreción, Benedicto XVI no escondió su satisfacción
ante la acogida que ofrecieron los jóvenes. Al inicio de la eucaristía, les dio
las gracias, dejando a un lado los papeles, con estas palabras : «Me hubiera
gustado atravesar la muchedumbre y poder saludaros a cada uno de vosotros, pero
dada la dificultad del camino, no me es posible».
La mayoría de los jóvenes presentes habían pasado una fría noche en la misma
explanada, tras haberse encontrado con el Papa por la noche en una vigilia que
había durado unas tres horas.
El enorme cansancio, el frío y la niebla no les impidió acogerle con aplausos y
gritos de entusiasmo, como los que dirigían en encuentros similares a Juan
Pablo II.
Discurso
de Benedicto XVI a representantes musulmanes.
COLONIA, sábado, 20 agosto 2005.
Queridos amigos musulmanes:
Me es grato acogeros y dirigiros mi cordial saludo. Estoy aquí para encontrarme
con los jóvenes venidos de todas las partes de Europa y del mundo. Los jóvenes
son el futuro de la humanidad y la esperanza de las naciones. Mi querido
predecesor, el Papa Juan Pablo II, dijo un día a los jóvenes musulmanes
reunidos en el estadio de Casablanca, en Marruecos: «Los jóvenes pueden
construir un futuro mejor si ponen en primer lugar su fe en Dios y se empeñan
en edificar con sabiduría y confianza un mundo nuevo según el plan de Dios» (Insegnamenti, VIII/2, 1985, p. 500). Ésta es la
perspectiva desde la que me dirijo a vosotros, queridos amigos musulmanes, para
compartir con vosotros mis esperanzas y haceros partícipes de mis
preocupaciones, en estos momentos particularmente difíciles de la historia de
nuestro tiempo.
Estoy seguro de interpretar también vuestro pensamiento al subrayar, entre las
preocupaciones, la que nace de la constatación del difundido fenómeno de
terrorismo. Continúan cometiéndose en varias partes del mundo actos
terroristas, que siembran muerte y destrucción, dejando a muchos hermanos y
hermanas nuestros en el llanto y la desesperación. Los que idean y programan
estos atentados demuestran querer envenenar nuestras relaciones, recurriendo a
todos los medios, incluso a la religión, para oponerse a los esfuerzos de
convivencia pacífica, leal y serena. El terrorismo, de cualquier origen que
sea, es una opción perversa y cruel, que desdeña el derecho sacrosanto a la
vida y corroe los fundamentos mismos de toda convivencia civil. Si conseguimos
juntos extirpar de los corazones el sentimiento de rencor, contrastar toda
forma de intolerancia y oponernos a cada manifestación de violencia, frenaremos
la oleada de fanatismo cruel, que pone en peligro la vida de tantas personas,
obstaculizando el progreso de la paz en el mundo. La tarea es ardua, pero no
imposible. En efecto, el creyente sabe que puede contar, no obstante su propia
fragilidad, con la fuerza espiritual de la oración.
Queridos amigos, estoy profundamente convencido de que hemos de afirmar, sin
ceder a las presiones negativas del entorno, los valores del respeto recíproco,
de la solidaridad y de la paz. La vida de cada ser humano es sagrada, tanto
para los cristianos como para los musulmanes. Tenemos un gran campo de acción
en el que hemos de sentirnos unidos al servicio de los valores morales
fundamentales. La dignidad de la persona y la defensa de los derechos que de
tal dignidad se derivan deben ser el objetivo de todo proyecto social y de todo
esfuerzo por llevarlo a cabo. Éste es un mensaje confirmado de manera inconfundible
por la voz suave pero clara de la conciencia. Un mensaje que se ha de escuchar
y hacer escuchar: si cesara su eco en los corazones, el mundo estaría expuesto
a las tinieblas de una nueva barbarie. Sólo se puede encontrar una base de
avenencia reconociendo la centralidad de la persona, superando eventuales
contraposiciones culturales y neutralizando la fuerza destructora de las
ideologías.
En el encuentro que he tenido en abril con los Delegados de las Iglesias y
Comunidades eclesiales y con representantes de diversas Tradiciones religiosas,
dije: «Os aseguro que la Iglesia quiere seguir construyendo puentes de amistad
con los seguidores de todas las religiones, para buscar el verdadero bien de
cada persona y de la sociedad entera» (L’Osservatore Romano, 25 abril
2005, p. 4). La experiencia del pasado nos enseña que el respeto mutuo y la
comprensión no siempre han caracterizado las relaciones entre cristianos y
musulmanes. Cuántas páginas de historia dedicadas a las batallas y las guerras
emprendidas invocando, de una parte y de otra, el nombre de Dios, como si
combatir al enemigo y matar al adversario pudiera agradarle. El recuerdo de
estos tristes acontecimientos debería llenarnos de vergüenza, sabiendo bien
cuántas atrocidades se han cometido en nombre de la religión. La lección del
pasado ha de servirnos para evitar caer en los mismos errores. Nosotros
queremos buscar las vías de la reconciliación y aprender a vivir respetando
cada uno la identidad del otro. La defensa de la libertad religiosa, en este sentido,
es un imperativo constante, y el respeto de las minorías una señal indiscutible
de verdadera civilización.
A este propósito, siempre es oportuno recordar lo que los Padres del Concilio
Vaticano II han dicho sobre las relaciones con los musulmanes. «La Iglesia mira
también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, vivo y
subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra,
que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse por
entero, como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica se refiere de
buen grado [...]. Si bien en el transcurso de los siglos han surgido no pocas
disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes, el santo Sínodo
exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión
mutua, defiendan y promuevan juntos la justicia social, los bienes morales, la
paz y la libertad para todos los hombres» (Declaración Nostra
Aetate, n. 3).
Vosotros, estimados amigos, representáis algunas Comunidades musulmanas en este
País en que he nacido, estudiado y pasado una buena parte de mi vida.
Precisamente por eso deseaba encontraros. Guiáis a los creyentes del Islam y
los educáis en la fe musulmana. La enseñanza es el vehículo por el que se
comunican ideas y convicciones. La palabra es la vía maestra en la educación de
la mente. Tenéis, por tanto, una gran responsabilidad en la formación de las
nuevas generaciones. Juntos, cristianos y musulmanes, hemos de afrontar los
numerosos desafíos que nuestro tiempo nos plantea. No hay espacio para la
apatía y el desinterés, y menos aún para la parcialidad y el sectarismo. No
podemos ceder al miedo ni al pesimismo. Debemos más bien fomentar el optimismo
y la esperanza. El diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y
musulmanes no puede reducirse a una opción temporánea. En efecto, es una
necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro. Los jóvenes,
procedentes de tantas partes del mundo están aquí, en Colonia, como testigos
vivos de solidaridad, de hermandad y de amor. Ellos son la primicia de un alba
nueva para la humanidad. Os deseo de todo corazón, queridos amigos musulmanes,
que el Dios misericordioso y compasivo os proteja, os bendiga y os ilumine
siempre. El Dios de la paz conforte nuestros corazones, alimente nuestra
esperanza y guíe nuestros pasos por los caminos del mundo.
Palabras
de despedida de Benedicto XVI de Alemania
en el aeropuerto de Colonia–Bonn.
(21/8/05)
Al término de esta mi primera visita en tierra alemana como Obispo de Roma y
Sucesor de Pedro, siento una vez más la necesidad de expresar viva gratitud por
la acogida dispensada a mí y a mis colaboradores y, especialmente, a los
numerosos jóvenes llegados a Colonia de todos los continentes con ocasión de
esta Jornada Mundial de la Juventud. El Señor me ha llamado a suceder al
querido Pontífice Juan Pablo II, genial promotor de las Jornadas Mundiales de
la Juventud. He acogido con gozo esta herencia y doy gracias a Dios, que me ha
dado la oportunidad de vivir junto a tantos jóvenes esta nueva etapa de su
peregrinación espiritual, de continente en continente, siguiendo la Cruz de
Cristo.
Doy las gracias a todos los que se han esforzado para que cada fase y momento
de este extraordinario encuentro se desarrollara con orden y serenidad. Los
días pasados juntos, han permitido a muchos chicos y chicas procedentes del
mundo entero conocer mejor Alemania. Todos somos conscientes del mal producido
por nuestra patria en el siglo XX, y lo reconocemos con vergüenza y dolor. Pero
en estos días, gracias a Dios, se ha puesto de manifiesto abundantemente que
existía y existe también otra Alemania, un País de particulares recursos
humanos, culturales y espirituales. ¡Deseo que tales recursos, gracias también
al acontecimiento de estos días, vuelvan a irradiarse en el mundo! Ahora, los
jóvenes de todo el mundo pueden retornar a sus países enriquecidos por los
contactos y la experiencia de diálogo y de fraternidad que han tenido en muchas
regiones de nuestra Patria. Estoy seguro que su estancia, caracterizada por el
típico entusiasmo de su edad, deja a las poblaciones que generosamente los ha
hospedado un grato recuerdo, constituyendo, también, un signo de esperanza para
Alemania. En efecto, se puede decir que en estos días Alemania ha sido el
centro del mundo católico. Los jóvenes de todos los continentes y culturas,
estrechamente unidos con fe en torno a sus Pastores y al Sucesor de Pedro, han
hecho visible una Iglesia joven, que con imaginación y valentía quiere esculpir
el rostro de una humanidad más justa y solidaria. Siguiendo el ejemplo de los
Magos, los jóvenes se han puesto en camino para encontrar a Cristo, como
recuerda el tema de la Jornada Mundial de la Juventud. Ahora regresan a sus
pueblos y ciudades para testimoniar la luz, la belleza y el vigor del
Evangelio, del que han hecho una renovada experiencia.
Siento la necesidad de dar las gracias a todos los que han abierto el corazón y
las casas a estos innumerables jóvenes peregrinos. Gracias a las Autoridades
gubernativas, a los Responsables políticos y a las diversas Administraciones
civiles y militares, así como a los servicios de seguridad y las múltiples
Organizaciones de voluntariado, que con gran dedicación han trabajado en la
preparación y en el fructuoso desarrollo de cada iniciativa y manifestación de
esta Jornada Mundial. Gracias a los que se han ocupado de los encuentros de
reflexión y oración, así como de las celebraciones litúrgicas, en las que se
han dado ejemplos elocuentes de la vitalidad alegre de la fe que anima a los
jóvenes de nuestro tiempo. Quisiera extender mi reconocimiento a los
responsables de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como también a
los representantes de las otras Religiones que han querido estar presentes en
este importante encuentro, y espero que se intensifique el compromiso común de
formar a las jóvenes generaciones en los valores humanos y espirituales que son
indispensables para construir un futuro de libertad y paz verdadera.
Expreso mi más sentido agradecimiento al Cardenal Joachim
Meisner, Arzobispo de Colonia, la Diócesis que ha
hospedado este Encuentro Mundial, al Episcopado alemán, con su Presidente, el
Cardenal Karl Lehmann, a
los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a las comunidades parroquiales,
a las asociaciones laicales y a los movimientos que se han esforzado en que la
estancia de los jóvenes haya sido espiritualmente provechosa. Gracias muy
especialmente, y con mucho afecto, a los jóvenes alemanes, que de tantos modos
han demostrado su disponibilidad para acoger a sus coetáneos, y han compartido
con ellos momentos de fe que podemos calificar como memorables. Espero que este
acontecimiento eclesial quede grabado en la vida de los católicos de Alemania y
sea incentivo para un renovado impulso espiritual y apostólico en su seno. Que
el Evangelio sea acogido en su integridad y testimoniado con pasión por todos
los discípulos de Cristo, para que se revele así como fermento para una
auténtica renovación de toda la sociedad alemana, también mediante el diálogo
con las diversas comunidades cristianas y con los seguidores de otras
religiones.
En fin, saludo con deferente gratitud a las Autoridades políticas, civiles y
diplomáticas que han tenido a bien estar presentes en esta despedida. Un
agradecimiento particular a usted, Señor Canciller, a cuya cortesía confío el
cometido de transmitir las seguridades de mi reconocimiento al Presidente del
República, a los miembros del Gobierno y a todo el pueblo alemán. Con el
corazón henchido de las emociones y recuerdos de estos días, me dispongo a
retornar a Roma, invocando sobre todos abundantes bendiciones divinas para un
futuro de serena prosperidad, de concordia y de paz.
Discurso del Santo Padre a los obispos alemanes.
Colonia, domingo, 21 agosto 2005
Venerables Hermanos en el episcopado
Bendigo al Señor, que me ha concedido el gozo de encontraros aquí, en tierra
alemana, al final de esta XX Jornada Mundial de la Juventud. Me parece que se
pueda decir que la Providencia con sus disposiciones, apreciadas por nosotros
durante estas jornadas, no ha querido solamente animarme a mí, Sucesor de
Pedro, sino ofrecer una señal de esperanza también a la Iglesia que vive en
este País y especialmente a vosotros, sus Pastores. Renuevo a todos de corazón
mi más profundo agradecimiento por el empeño que habéis puesto en la
preparación del acontecimiento; en particular, al Cardenal Joachim
Meisner y sus Auxiliares, así como al Cardenal
Presidente de la Conferencia Episcopal, Karl Lehmann y a todos los colaboradores.
Como he dicho esta mañana al final de la gran Celebración eucarística en la
explanada de Marienfeld, Alemania ha presenciado
estos días una imponente peregrinación, y no una cualquiera, sino una
peregrinación de jóvenes. Este acontecimiento, que la Diócesis de Colonia y
todos vosotros habéis contribuido a preparar con esfuerzo, está ahora ante
nuestros ojos, y es motivo de gratitud a Dios, de reflexión, de renovado
impulso. El querido Papa Juan Pablo II, promotor de las Jornadas Mundiales de
la Juventud, solía decir que en este tipo peregrinaciones los protagonistas son
los jóvenes, y que el Papa, en cierto sentido, los sigue. Una observación
graciosa, pero que encierra una verdad profunda: los jóvenes, al ir en busca de
una plenitud de vida, no obstante sus fragilidades y lagunas, conducen a los
Pastores a escuchar sus interrogantes y a empeñarse para que la única respuesta
verdadera, la de Cristo, les llegue de un modo comprensible para ellos. Nos
corresponde a nosotros, pues, apreciar este don que Dios ha hecho a la Iglesia
en Alemania, aceptando el reto que supone y valorando sus potencialidades.
Es importante subrayar que este acontecimiento, aunque sea excepcional, no es
algo aislado. La de Colonia – por hablar de un modo corriente – «no es una
catedral en el desierto». En efecto, pienso en los numerosos dones que
enriquecen a la Iglesia en Alemania. Desearía repasarlos brevemente con
vosotros, precisamente en el espíritu de alabanza y gratitud que ha animado
estos días de gracia. En este País, muchas personas viven la fe de modo
ejemplar, con gran amor por la Iglesia, por sus Pastores y por el Sucesor de
Pedro. Son numerosos los que asumen voluntariamente responsabilidades, a veces
exigentes, en la vida diocesana y parroquial, en las asociaciones y en los
movimientos, en particular en favor de los jóvenes. Muchos sacerdotes,
religiosos y laicos cumplen fielmente su servicio en situaciones pastorales a
menudo difíciles. También es grande la generosidad de los católicos alemanes
respecto a los más pobres. Muchos sacerdotes «fidei donum» y misioneros alemanes están trabajando en tierras
lejanas. A través de múltiples instituciones, la Iglesia católica está presente
en la vida pública. Es notable la labor desarrollada por las numerosas
instituciones caritativas: desde Misereor, Adveniat, Missio, o Renovabis hasta las Cáritas
diocesanas y parroquiales. También es vasta la acción educativa de las escuelas
católicas y de otras instituciones y organizaciones católicas en favor de la
juventud. Estos son algunos rasgos, incompletos pero significativos, que
perfilan por decirlo así, el retrato de una Iglesia viva, la Iglesia que nos ha
engendrado en la fe y a la que tenemos el honor y el gozo de servir.
Sabemos que en el rostro de esta Iglesia no faltan lamentablemente arrugas,
sombras que ofuscan su esplendor. Queremos tenerlas también presentes, por amor
y con amor, en este momento de fiesta y de agradecimiento. Siguen progresando
el secularismo y la descristianización. Cada vez es
menor el influjo de la ética y la moral católica. Bastantes personas abandonan
la Iglesia o, aunque queden, aceptan sólo una parte de la enseñanza católica.
Sigue siendo preocupante la situación religiosa en el Este, donde la mayoría de
la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia.
Reconocemos en estas realidades otros tantos desafíos, y vosotros mismos sois
los más conscientes de ello, como se desprende de vuestra Carta pastoral del 21
de septiembre de 2004, con ocasión del 1250° aniversario del martirio de San Bonifacio.
En ella, citando al jesuita Alfred Delp, habéis dicho: «nos hemos convertido en tierra de
misión». Al ser originario de este País tan querido por mí, me siento
particularmente afectado por sus problemas, y hoy deseo expresaros mi afecto y
solidaridad, junto con todo el Colegio episcopal, animándoos a perseverar
unidos y confiados en vuestra misión. La Iglesia en Alemania tiene que
convertirse cada vez más en misionera, empeñándose en encontrar el modo de
transmitir la fe a las futuras generaciones.
Este es el panorama que nos presenta la Jornada Mundial de la Juventud: nos
invita a proyectar nuestra mirada hacia el futuro. Los jóvenes son para la
Iglesia, y especialmente para los pastores, los padres y los educadores, una
llamada viviente a la fe y a la esperanza. Mi venerado Predecesor, al elegir el
tema de esta XX Jornada – «Hemos venido a adorarle» (Mt
2,2) – ha confirmado implícitamente esta llamada. Ha trazado una orientación
clara para el camino de los jóvenes: los ha estimulado a buscar a Cristo,
teniendo como modelo a los Magos; los ha invitado a seguir la estrella, reflejo
de Cristo en el firmamento de la existencia personal y social; los ha educado
con su ejemplo dulce y enérgico a ponerse de rodillas ante el Dios hecho
hombre, ante el Hijo de la Virgen María, reconociendo en Él al Redentor del
hombre. Este mismo modelo que ha indicado a los jóvenes, Juan Pablo II lo ha
propuesto también a los Pastores, para orientar su servicio a las nuevas
generaciones y a toda familia eclesial. En efecto, el Camino, la Verdad y la
Vida que toda persona busca – y el joven de manera emblemática –, nos ha sido
confiado a nosotros, los Pastores, por Cristo mismo, que nos ha hecho sus
testigos y ministros de su Evangelio (cf. Mt 28,18-20). Por tanto, ni debemos amortiguar la búsqueda
ni esconder la Verdad, sino mantener la tensión fecunda entre estos dos polos:
una tensión que se corresponde profundamente con la índole del hombre
contemporáneo. Con la luz y la fuerza de este don, es decir, del Evangelio que
el Espíritu Santo no cesa de hacer vivo y actual, podemos anunciar a Cristo sin
temor y podemos invitar a todos a no temer abrirle el corazón, porque estamos
convencidos que Él es plenitud de vida y felicidad.
Esto es lo que significa ser Iglesia abierta al futuro y, como tal, rica de
promesas para las nuevas generaciones. En efecto, los jóvenes no buscan una
Iglesia juvenil, sino joven de espíritu; una Iglesia en la que se transparenta
Cristo, Hombre nuevo. Éste es precisamente el compromiso que hoy queremos
asumir, en un momento verdaderamente singular, porque concluye un gran
acontecimiento juvenil, que nos impulsa a poner los ojos en el porvenir de la
Iglesia y la sociedad. En esta luz positiva y embargada de esperanza podemos
también afrontar con confianza las cuestiones más difíciles que acucian a la
Comunidad eclesial en Alemania. Una vez más, los jóvenes son para nosotros,
Pastores, una provocación saludable, porque nos piden que seamos coherentes,
unidos, intrépidos. Por nuestra parte, hemos de educarlos a la paciencia, al
discernimiento, al sano realismo. Pero sin falsas componendas, para no
desvirtuar el Evangelio.
Queridos Hermanos, la experiencia de estos veinte años nos ha enseñado que cada
Jornada Mundial de la Juventud, en cierto modo, es para el País que la hospeda
un nuevo comienzo para la pastoral juvenil. La preparación del acontecimiento
moviliza personas y recursos, y su celebración lleva consigo una oleada de
entusiasmo, que es preciso favorecer del mejor modo posible. Es un potencial enorme
de energías, que puede acrecentarse más y más, difundiéndose sobre el
territorio. Pienso en las parroquias, en las asociaciones, en los movimientos;
pienso en los sacerdotes, en los religiosos, los catequistas, los animadores
que se ocupan de los jóvenes. Imagino que muchísimos se han implicado en este
acontecimiento en Alemania. Pido al Señor que para cada uno de ellos haya
significado un auténtico crecimiento en el amor a Cristo y a la Iglesia, y
animo todos a llevar adelante juntos, con renovado espíritu de servicio, el
trabajo pastoral entre las nuevas generaciones.
La mayor parte de los jóvenes alemanes vive en buenas condiciones sociales y
económicas, pero no faltan situaciones difíciles. Aumenta en todas los sectores
sociales el número de los que proceden de familias disgregadas.
Lamentablemente, el paro juvenil en Alemania se ha incrementado. Además,
numerosos muchachos y muchachas están confusos, sin respuestas válidas a las
cuestiones sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre su presente y su
futuro. Muchas propuestas de la sociedad moderna desembocan en el vacío y
bastantes jóvenes terminan cayendo en las «arenas movedizas» del alcohol y la
droga, o en los círculos de grupos extremistas. Buena parte de los jóvenes
alemanes, sobre todo en el Este, no ha conocido nunca personalmente la Buena
Nueva de Jesucristo. E, incluso en las zonas tradicionalmente católicas, la
enseñanza de la religión y la catequesis no siempre consigue establecer
vínculos duraderos entre los jóvenes con la Comunidad eclesial. Por eso, la
Iglesia en Alemania está comprometida en buscar nuevas vías para llegar a los
jóvenes y para anunciarles a Cristo. La Jornada Mundial de la Juventud, por
usar una expresión del Papa Juan Pablo II, es un excepcional «laboratorio» en
este sentido. Un laboratorio también vocacional, porque en estos días el Señor
no dejará de hacer oír con fuerza su llamada al corazón de bastantes jóvenes.
Una llamada que, naturalmente, requiere ser acogida e interiorizada para echar
raíces profundas y dar así frutos buenos y duraderos. Muchos testimonios de
jóvenes y parejas demuestran que la experiencia de estos Encuentros mundiales,
cuando continúa en un camino de fe, de discernimiento y de servicio eclesial,
lleva a opciones maduras de vida matrimonial, religiosa, sacerdotal y
misionera. Teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes y religiosos que ya
también en Alemania es dramática, os invito, queridos Hermanos, a promover con
renovado impulso una pastoral vocacional que incluya a las parroquias, a los
centros educativos y a las familias. La pastoral juvenil y vocacional enlaza
inevitablemente con la pastoral familiar. No digo nada nuevo al señalar que hoy
la familia ha de afrontar muchos problemas y dificultades. Os exhorto
ardientemente a no desanimaros y a proseguir con confianza en vuestro empeño en
favor de la familia cristiana. El objetivo que nos proponemos es que los
cónyuges sean capaces de desempeñar plenamente su misión, particularmente en la
evangelización de los niños y los jóvenes.
En el mundo juvenil desempeñan un papel importante las asociaciones y los
movimientos, que son una riqueza indudable. La Iglesia ha de valorizar estas
realidades y, al mismo tiempo, conducirlas con sabiduría pastoral, para que
contribuyan del mejor modo posible con sus propios dones a la edificación de la
comunidad, sin competir nunca unas con otras, sino respetándose y colaborando
juntas para suscitar en los jóvenes la alegría de la fe, el amor por la Iglesia
y la pasión por el Reino de Dios. A este respecto, es indispensable que todos
los que están comprometidos con y para los jóvenes sean personalmente testigos
convencidos de Cristo y fieles al magisterio de la Iglesia. Una argumentación
análoga puede hacerse en el campo de la educación católica y en la catequesis:
estoy seguro que no dejaréis de poner el mayor cuidado en elegir personas
preparadas y fieles al magisterio eclesial para las tareas de enseñar la
religión y dar catequesis. Una ayuda válida para este cometido en la formación
cristiana de las nuevas generaciones se puede encontrar en el Compendio del
Catecismo de la Iglesia Católica, donde se han recogido sintéticamente todos
los contenidos esenciales de la fe y de la moral católica, formulados de manera
clara y accesible a todos.
Queridos Hermanos en el episcopado, si Dios quiere tendremos otras ocasiones
para profundizar tantas cuestiones que reclaman vuestra solicitud pastoral y la
mía. En esta oportunidad he querido recoger con vosotros el mensaje que ha
dejado la gran peregrinación de jóvenes. Me parece que ellos, al final de esta
experiencia, podrían decirnos en síntesis: «Hemos venido a adorarlo. Lo hemos
encontrado. Ayudadnos ahora a ser sus discípulos y testigos». Es una petición
exigente, pero sumamente consoladora para el corazón de un Pastor. Que el
recuerdo de los días vividos aquí en Colonia bajo el signo de la esperanza
refuerce nuestro y vuestro ministerio. Os dejo mi aliento afectuoso, que es al
mismo tiempo una ferviente petición fraterna de caminar y actuar unidos, sobre
el fundamento de una comunión que tiene en la Eucaristía su cumbre y su fuente
inagotable. Os encomiendo a todos a María Santísima, Madre de Cristo y de la
Iglesia, a la vez que imparto de corazón a cada uno de vosotros y a vuestras
Comunidades una especial Bendición Apostólica.
Discurso
del Papa tras visitar la catedral de Colonia.
18 agosto 2005.
Queridos hermanos y hermanas
Es una gran alegría para mi estar esta noche con vosotros, en esta ciudad de
Colonia a la que amo por tantos recuerdos que me unen a ella. Durante algunos
años he vivido en la ciudad cercana de Bonn como
profesor, y venía frecuentemente a Colonia donde he encontrado muchos amigos.
Considero un especial designio de la Providencia el hecho de que muy pronto se
estableció una relación de amistad con el Arzobispo de entonces, el Cardenal
Joseph Frings, que me concedió toda su confianza y me
llamó como teólogo suyo para el Concilio Vaticano II, pudiendo, de este modo,
participar activamente en aquel evento histórico. También conocí al sucesor, el
Cardenal Joseph Höffner, con quien me relacioné
durante años, primero como colega fraterno en la Conferencia Episcopal alemana
y luego en la colaboración común en diversos Dicasterios de la Curia romana.
También es un buen amigo vuestro actual Arzobispo, el Cardenal Joachim Meisner, al que agradezco
las palabras de calurosa acogida y el gran empeño que ha puesto durante estos
meses en la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud. Deseo expresar
también mi profundo reconocimiento por todo su empeño al Cardenal Karl Lehmann, Presidente de la
Conferencia Episcopal alemana, y por mediación suya a los Obispos y a todos los
que se han ocupado de movilizar a las fuerzas vivas de la Iglesia de este País
con vistas a este gran acontecimiento eclesial de hoy. Agradezco a todos los
que han preparado durante meses y meses este momento fuerte, tan esperado por
todos: en particular, al Comité organizador de Colonia, pero también a las
diócesis y las comunidades locales que han acogido a los jóvenes en estos últimos
días. Puedo imaginar lo que todo esto significa, la energía empleada y los
sacrificios que ha costado, y espero que redunden en el éxito espiritual de
esta Jornada Mundial de la Juventud. Finalmente, he de manifestar mi profunda
gratitud a las autoridades civiles y militares, a los responsables municipales
y regionales, a los cuerpos de policía y a los agentes de seguridad de Alemania
y del Land Renania
Septentrional-Westfalia. En la persona del alcalde de esta ciudad doy las
gracias a toda la población de Colonia por la comprensión demostrada ante la
«invasión» de tantos jóvenes procedentes de todas las partes del mundo.
La ciudad de Colonia no sería lo que es sin los Reyes Magos, que tanto han
influido en su historia, su cultura y su fe. En cierto sentido, la Iglesia
celebra aquí todo el año la fiesta de la Epifanía. Por eso, antes de dirigirme
a vosotros delante de esta magnífica catedral, he querido recogerme unos
instantes en oración ante el relicario de los tres Reyes Magos, dando gracias a
Dios por su testimonio de fe, de esperanza y de amor. En 1164, las reliquias de
los Magos salieron de Milán y, escoltadas por el arzobispo de Colonia Reinald von Dassel,
atravesaron los Alpes hasta llegar a Colonia, donde
fueron acogidas con grandes manifestaciones de júbilo. En su peregrinación por
Europa, las reliquias de los Magos han dejado huellas evidentes, que aún hoy
permanecen en los nombres de lugares y en la devoción popular. Los habitantes
de Colonia han hecho fabricar para las reliquias de los Rey Magos el relicario
más precioso de todo el mundo cristiano y, como si no bastara, han levantado
sobre él un relicario más grande todavía, como es esta estupenda catedral
gótica que, después de los desperfectos de la guerra, ha vuelto a presentarse a
los ojos de los visitantes en todo el esplendor de su belleza. Junto con
Jerusalén la «Ciudad Santa», con Roma la «Ciudad Eterna», con Santiago de
Compostela en España, gracias a los Magos, Colonia se ha ido convirtiendo a lo
largo de los siglos en uno de los lugares de peregrinación más importantes del
occidente cristiano.
Sin embargo, Colonia no es solamente la ciudad de los Magos. Está profundamente
marcada por la presencia de tantos santos que, mediante el testimonio de su
vida y la huella que han dejado en la historia del pueblo alemán, han
contribuido al crecimiento de Europa sobre las raíces cristianas. Pienso en
particular en los mártires y las mártires de los primeros siglos, como la joven
Santa Úrsula y sus compañeras que, según la tradición, fueron martirizadas bajo
Diocleciano. Y, ¿cómo no citar a San Bonifacio, el
apóstol de Alemania, que en el año 745 fue elegido Obispo de Colonia con el
consentimiento del Papa Zacarías? A esta ciudad está vinculado el nombre de San
Alberto Magno, cuyo cuerpo descansa aquí cerca, en la cripta de la iglesia de
San Andrés. En Colonia, Alberto Magno tuvo como discípulo a Santo Tomás de
Aquino, que después fue también profesor aquí. Tampoco se puede olvidar al
beato Adolph Kolping,
muerto en Colonia en 1865, que, tras ser zapatero se hizo sacerdote y fundó
numerosas obras sociales, sobre todo en el campo de la formación profesional.
Pasando a los tiempos más recientes, pienso en Edith Stein,
eminente filósofa judía del siglo XX, que entró en el Carmelo de Colonia con el
nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y murió en el
campo de concentración de Auschwitz. El Papa Juan
Pablo II la ha canonizado y declarado Copatrona de
Europa, con Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena.
Con éstos y con todos los demás santos, conocidos o desconocidos, descubrimos
el rostro más íntimo y más verdadero de esta ciudad y tomamos conciencia del
patrimonio de valores que las generaciones cristianas que nos han precedido nos
han confiado. Es un patrimonio muy rico. Hemos de estar a su altura. Es una
responsabilidad que nos recuerdan hasta las piedras de los antiguos edificios
de la ciudad. Por lo demás, hablando de valores espirituales, es posible dar
vida a una comprensión recíproca entre los hombres y los pueblos, entre
culturas y civilizaciones, aunque sean diferentes. En este contexto, dirijo un
caluroso saludo a los representantes de las diversas confesiones cristianas y
de las otras religiones. Doy gracias a todos por su presencia en Colonia con
ocasión de este gran encuentro, esperando que ello haga progresar en el camino
de la reconciliación y la unidad entre los hombres. En efecto, Colonia no sólo
nos habla de Europa, sino que nos abre a la universalidad de la Iglesia y del
mundo. Aquí está uno de los tres Magos que ha sido representado como un rey
negro y, por lo tanto, como el representante del continente africano. Según la
tradición, aquí murieron los mártires san Gereón y
compañeros, de la legión tebana. Independientemente de la precisa credibilidad
histórica de tales tradiciones, el culto a estos santos, que ha florecido en el
curso de los siglos, atestigua la apertura universalista de los fieles de
Colonia y, más en general, de la Iglesia que ha crecido en Alemania gracias a
la acción apostólica de San Bonifacio. Esta apertura se ha confirmado en
tiempos recientes por grandes iniciativas caritativas, como «Misereor», «Adveniat», «Missio» y «Renovabis».
Estas obras, surgidas también en Colonia, hacen presente la caridad de Cristo
en todos los continentes.
Ahora estáis aquí vosotros, jóvenes del mundo entero, representantes de
aquellos pueblos lejanos que reconocieron a Cristo a través de los Magos y que
fueron reunidos en el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, que acoge a hombres y
mujeres de todas las culturas. Hoy corresponde a vosotros la tarea de vivir el
aliento universal de la Iglesia. Dejáos inflamar por
el fuego del Espíritu, para que un nuevo Pentecostés renueve vuestros
corazones. Que por vuestra mediación, vuestros coetáneos de todas las partes de
la tierra lleguen a reconocer en Cristo la verdadera respuesta a sus esperanzas
y se abran a acoger al Verbo de Dios encarnado, que ha muerto y resucitado para
la salvación del mundo.
Mensaje de Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia desde el Rhin.
18 agosto 2005
[En alemán]
Queridos jóvenes:
Es una dicha encontrarme con vosotros aquí, en Colonia, a orillas del Rhin. Habéis venido desde varias partes de Alemania, de
Europa, del mundo, haciéndoos peregrinos tras los Magos de Oriente. Siguiendo
sus huellas, queréis descubrir a Jesús. Habéis aceptado emprender el camino
para llegar también vosotros a contemplar, personal y comunitariamente, el
rostro de Dios manifestado en el niño acostado en el pesebre. Como vosotros,
también yo me he puesto en camino para, con vosotros, arrodillarme ante la
blanca Hostia consagrada, en la que los ojos de la fe reconocen la presencia
real del Salvador del mundo. Todos juntos seguiremos meditando sobre el tema de
esta Jornada Mundial del Juventud: «Venimos a adorarlo» (Mt
2,2).
[En inglés]
Os saludo y os recibo con inmensa alegría, queridos jóvenes, tanto si venís de
cerca como de lejos, caminando por las sendas del mundo y los derroteros de
vuestra vida. Saludo particularmente a los que han venido de Oriente, como los
Magos. Representáis a las incontables muchedumbres de nuestros hermanos y
hermanas de la humanidad que esperan, sin saberlo, que aparezca en su cielo la
estrella que los conduzca a Cristo, Luz de las Gentes, para encontrar en Él la
respuesta que sacie la sed de sus corazones. Saludo con afecto también a los
que estáis aquí y no habéis recibido el bautismo, a los que no conocéis todavía
a Cristo o no os reconocéis en la Iglesia. Precisamente a vosotros os invitaba
de modo particular a este encuentro el Papa Juan Pablo II; os agradezco que
hayáis decidido venir a Colonia. Alguno de vosotros podría tal vez
identificarse con la descripción que Edith Stein hizo
de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia:
«Había perdido conscientemente y deliberadamente la costumbre de rezar».
Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como
diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos
amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios,
dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos
días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad
vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz
vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días benditos
de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia
como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En
la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera.
[En francés]
A llegar hoy a Colonia para participar con vosotros en la XX Jornada Mundial de
la Juventud, me surge espontáneamente el recuerdo emocionado y agradecido del
Siervo de Dios, tan querido por todos nosotros, Juan Pablo II, que tuvo la idea
brillante de convocar a los jóvenes de todo el mundo para celebrar juntos a
Cristo, único Redentor del género humano. Gracias al diálogo profundo que se ha
desarrollado durante más de veinte años entre el Papa y los jóvenes, muchos de
ellos han podido profundizar la fe, establecer lazos de comunión, apasionarse
por la Buena Nueva de la salvación en Cristo y proclamarla en muchas partes de
la tierra. Este gran Papa ha sabido entender los desafíos que se presentan a
los jóvenes de hoy y, confirmando su confianza en ellos, no ha dudado en
incitarlos a proclamar con valentía el Evangelio y ser constructores intrépidos
de la civilización de la verdad, del amor y de la paz.
Ahora me corresponde a mí recoger esta extraordinaria herencia espiritual que
nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. Él os ha querido, vosotros le habéis
entendido y habéis correspondido con el entusiasmo de vuestra edad. Ahora,
todos juntos tenemos el cometido de llevar a la práctica sus enseñanzas. Con
este compromiso estamos aquí, en Colonia, peregrinos tras las huellas de los
Magos. Según la tradición, en griego sus nombres eran Melchor, Gaspar y
Baltasar. Mateo refiere en su Evangelio la pregunta que ardía en el corazón de
los Magos: «¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido?» (Mt 2, 2). Su búsqueda era el motivo por el cual
emprendieron el largo viaje hasta Jerusalén. Por eso soportaron fatigas y
sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de volver atrás. Ésta era
la única pregunta que hacían cuando estaban cerca de la meta. También nosotros
hemos venido a Colonia porque hemos sentido en el corazón, si bien de forma
diversa, la misma pregunta que inducía a los hombres de Oriente a ponerse en
camino. Es cierto que hoy no buscamos ya a un rey; pero estamos preocupados por
la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi
vida; dónde los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación
del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme; a quién
confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los
anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante
todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Quien tiene el
poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres
aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas
significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por
eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por
ella y, si fuera preciso, también morir por ella.
[En castellano]
Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta,
queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien
que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las
pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Los Magos,
una vez que oyeron la respuesta «en Belén de Judá,
porque así lo ha escrito el profeta» (Mt 2,5), decidieron
continuar el camino y llegar hasta el final, iluminados por esta palabra. Desde
Jerusalén fueron a Belén, es decir, desde la palabra que les había indicado
dónde estaba el Rey de los Judíos que buscaban, hasta el encuentro con aquel
Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
También a nosotros se nos dice aquella palabra. También nosotros hemos de hacer
nuestra opción. En realidad, pensándolo bien, ésta es precisamente la
experiencia que hacemos en la participación en cada Eucaristía. En efecto, en
cada Misa, el encuentro con la Palabra de Dios nos introduce en la
participación del misterio de la cruz y resurrección de Cristo y de este modo
nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo. En el altar está
presente al que los Magos vieron acostado entre pajas: Cristo, el Pan vivo
bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero que da su
propia vida para la salvación de la humanidad. Iluminados por la Palabra,
siempre es en Belén – la «Casa del pan» – donde podremos tener ese encuentro
sobrecogedor con la indecible grandeza de un Dios que se ha humillado hasta el
punto hacerse ver en el pesebre y de darse como alimento sobre el altar.
¡Podemos imaginar el asombro de los Magos ante el Niño en pañales! Sólo la fe
les permitió reconocer en la figura de aquel niño al Rey que buscaban, al Dios
al que la estrella les había guiado. En Él, cubriendo el abismo entre lo finito
y lo infinito, entre lo visible y lo invisible, el Eterno ha entrado en el
tiempo, el Misterio se ha dado a conocer, mostrándose ante nosotros en los
frágiles miembros de un niño recién nacido. «Los Magos están asombrados ante lo
que allí contemplan: el cielo en la tierra y la tierra en el cielo; el hombre
en Dios y Dios en el hombre; ven encerrado en un pequeñísimo cuerpo aquello que
no puede ser contenido en todo el mundo» (San Pedro Crisólogo,
Serm. 160,2). Durante estas jornadas, en este «Año de
la Eucaristía», contemplaremos con el mismo asombro a Cristo presente en el Tabernáculo
de la misericordia, en el Sacramento del altar.
[En italiano]
Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de
saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret,
oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con
María, vuestro «sí» al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo
que he dicho al principio de mi pontificado: « Quien deja entrar a Cristo [en
la propia vida] no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la
vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de
la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades
de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo
que nos libera» (Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, 24 abril 2005). Estad plenamente convencidos:
Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que
lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres
y la salvación del mundo.
Os invito a que os esforcéis estos días a servir sin reservas a Cristo, cueste
lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la
alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en
vuestro entorno. Que vuestra presencia en esta ciudad sea el primer signo de
anuncio del Evangelio mediante el testimonio de vuestro comportamiento y
alegría de vivir. Hagamos surgir de nuestro corazón un himno de alabanza y
acción de gracias al Padre por tantos bienes que nos ha dado y por el don de la
fe que celebraremos juntos, manifestándolo al mundo desde esta tierra del
centro de Europa, de una Europa que debe mucho al Evangelio y a los que han
dado testimonio de él a lo largo de los siglos.
[En alemán]
Ahora me haré peregrino hacia la catedral de Colonia para venerar allí las
reliquias de los santos Magos, que decidieron abandonar todo para seguir la
estrella que los condujo al Salvador del género humano. También vosotros, queridos
jóvenes, habéis tenido o tendréis ocasión de hacer la misma peregrinación.
Estas reliquias no son más que el signo frágil y pobre de lo que ellos fueron y
vivieron hace tantos siglos. Las reliquias nos conducen a Dios mismo; en
efecto, es Él quien, con la fuerza de su gracia, da a seres frágiles la
valentía de testimoniarlo ante del mundo. Cuando la Iglesia nos invita a
venerar los restos mortales de los mártires y de los santos, no olvida que, en
definitiva, se trata de pobres huesos humanos, pero huesos que pertenecían a
personas en las que se ha posado la potencia trascendente de Dios. Las
reliquias de los santos son huellas de la presencia invisible pero real que
ilumina las tinieblas del mundo, manifestando el Reino de los cielos que habita
dentro de nosotros. Ellas proclaman, con nosotros y por nosotros: «Maranatha» – «Ven, Señor Jesús». Queridos, con estas
palabras os saludo y os cito para la vigilia del sábado por la tarde. A todos,
¡hasta luego!
Homilía
del Papa a los seminaristas.
(19/8/05).- Iglesia de San Pantaleón de Colonia.
[En
alemán]
Queridos seminaristas:
Os saludo a todos con gran afecto, agradeciendo vuestra jovial acogida y, sobre
todo, el que hayáis venido a este encuentro desde numerosos Países de los cinco
continentes. Me dirijo ante todo al Seminarista, al Sacerdote y al Obispo que
nos han ofrecido su testimonio personal. Gracias de corazón. Estoy contento de
tener este encuentro con vosotros. He querido que, en el programa de estos días
en Colonia, hubiera un encuentro especial con los jóvenes seminaristas, para
resaltar de manera más explícita y vigorosa la dimensión vocacional que tienen
siempre las Jornadas Mundiales de la Juventud. Seguramente, estáis viviendo
esta experiencia con una intensidad muy particular, precisamente porque sois
seminaristas, es decir, jóvenes que se encuentran en un tiempo fuerte de
búsqueda de Cristo y de encuentro con Él, en vista de una misión importante en
la Iglesia. Esto es el seminario: no tanto un lugar, sino un tiempo significativo
en la vida de un discípulo de Jesús. Imagino el eco que pueden tener en vuestro
interior las palabras del lema de esta vigésima Jornada mundial – «Hemos venido
a adorarlo» – y todo el relato evangélico de los Magos, del que se ha tomado el
lema. Este pasaje tiene un valor singular para vosotros, precisamente porque
estáis realizando un proceso de discernimiento y comprobación de la llamada al
sacerdocio. Sobre esto quisiera detenerme a reflexionar con vosotros.
[En francés]
¿Por qué los Magos fueron a Belén desde países lejanos? La respuesta está en
relación con el misterio de la «estrella» que vieron «salir» y que
identificaron como la estrella del «Rey de los Judíos», es decir, como la señal
del nacimiento del Mesías (cf. Mt
2,2). Por tanto, su viaje fue motivado por una fuerte esperanza, que luego tuvo
en la estrella su confirmación y guía hacia el "Rey de los Judíos",
hacia la realeza de Dios mismo. Los Magos marcharon porque tenían un deseo
grande que los indujo a dejarlo todo y a ponerse en camino. Era como si
hubieran esperado siempre aquella estrella. Como si aquel viaje hubiera estado
siempre inscrito en su destino, que ahora finalmente se cumple. Queridos
amigos, esto es el misterio de la llamada, de la vocación; misterio que afecta
a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los
que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. El seminarista vive
la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de
«enamoramiento». Su ánimo, henchido de asombro, le hace decir en la oración:
Señor, ¿por qué precisamente a mí? Pero el amor no tiene un «por qué», es un
don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo.
[En inglés]
El seminario es un tiempo destinado a la formación y al discernimiento. La
formación, como bien sabéis, tiene varias dimensiones que convergen en la
unidad de la persona: esa comprende el ámbito humano, espiritual y cultural. Su
objetivo más profundo es el de hacer conocer íntimamente aquel Dios que en
Jesucristo nos ha mostrado su rostro. Por esto es necesario un estudio profundo
de la Sagrada Escritura como también de la fe y de la vida de la Iglesia, en la
cual la Escritura permanece como palabra viva. Todo esto debe enlazarse con las
preguntas de nuestra razón y, por tanto, con el contexto de la vida humana de
hoy. Este estudio, a veces, puede parecer pesado, pero constituye una parte
insustituible de nuestro encuentro con Cristo y de nuestra llamada a
anunciarlo. Todo contribuye a desarrollar una personalidad coherente y
equilibrada, capaz de asumir válidamente la misión presbiteral y llevarla a
cabo después responsablemente. El papel de los formadores es decisivo: la
calidad del presbiterio en una Iglesia particular depende en buena parte de la
del seminario y, por tanto, de la calidad de los responsables de la formación.
Queridos seminaristas, precisamente por eso rezamos hoy con viva gratitud por
todos vuestros superiores, profesores y educadores, que sentimos
espiritualmente presentes en este encuentro. Pidamos a Dios que desempeñen lo
mejor posible la tarea tan importante que se les ha confiado. El seminario es
un tiempo de camino, de búsqueda, pero sobre todo de descubrimiento de Cristo.
En efecto, sólo si tiene una experiencia personal de Cristo, el joven puede comprender
en verdad su voluntad y por lo tanto la propia vocación. Cuanto más conoces a
Jesús, más te atrae su misterio; cuanto más lo encuentras, más fuerte es el
deseo de buscarlo. Es un movimiento del espíritu que dura toda la vida, y que
en el seminario pasa como una estación llena de promesas, su «primavera».
[En italiano]
Al llegar a Belén, los Magos «entraron en la casa, vieron al niño con María, su
madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11).
He aquí por fin el momento tan esperado: el encuentro con Jesús. «Entraron en
la casa»: esta casa representa en cierto modo la Iglesia. Para encontrar al
Salvador hay que entrar en la casa, que es la Iglesia. Durante el tiempo del
seminario se produce una maduración particularmente significativa en la
conciencia del joven seminarista: ya no ve a la Iglesia «desde fuera», sino la
siente, por así decir, «en su interior», como «su casa», porque es casa de
Cristo, donde «habita» María, su madre. Y es justo la Madre quien le muestra a
Jesús, su Hijo, quien se lo presenta; en cierto modo lo hace ver, tocar,
tomarlo en sus brazos. María le enseña a contemplarlo con los ojos del corazón
y a vivir de Él. En todos los momentos de la vida en el seminario se puede
experimentar esta afectuosa presencia de la Virgen, que introduce a cada uno al
encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en el oración y en la
fraternidad. María ayuda a encontrar al Señor sobre todo en la Celebración
eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento
espiritual cotidiano.
[En castellano]
«Y cayendo de rodillas lo adoraron...; le ofrecieron regalos: oro, incienso y
mirra» (Mt 2,11-12). Con esto culmina todo el
itinerario: el encuentro se convierte en adoración, dando lugar a un acto de fe
y amor que reconoce en Jesús, nacido de María, al Hijo de Dios hecho hombre.
¿Cómo no ver prefigurado en el gesto de los Magos la fe de Simón Pedro y de los
Apóstoles, la fe de Pablo y de todos los santos, en particular de los santos
seminaristas y sacerdotes que han marcado los dos mil años de historia de la
Iglesia? El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel
a su voluntad. «Cristo es todo para nosotros», decía San Ambrosio; y San Benito
exhortaba a no anteponer nada al amor de Cristo. Que Cristo sea todo para
vosotros. Especialmente vosotros, queridos seminaristas, ofrecedle a Él lo más
precioso que tenéis, como sugería el venerado Juan Pablo II en su Mensaje para
esta Jornada Mundial: el oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra
oración fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo (cf.
n. 4).
[En alemán]
El seminario es un tiempo de preparación para la misión. Los Magos «se
marcharon a su tierra», y ciertamente dieron testimonio del encuentro con el
Rey de los Judíos. También vosotros, después del largo y necesario itinerario
formativo del seminario, seréis enviados para ser los ministros de Cristo; cada
uno de vosotros volverá entre la gente como alter Christus.
En el viaje de retorno, los Magos tuvieron que afrontar seguramente peligros,
sacrificios, desorientación, dudas...¡ya no tenían la estrella para guiarlos!
Ahora la luz estaba dentro de ellos. Ahora tenían que custodiarla y alimentarla
con la memoria constante de Cristo, de su Rostro santo, de su Amor inefable. ¡Queridos
seminaristas! Si Dios quiere, también vosotros un día, consagrados por el
Espíritu Santo, iniciaréis vuestra misión. Recordad siempre las palabras de
Jesús: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Si
permanecéis en Cristo, daréis mucho fruto. No lo habéis elegido vosotros a Él,
sino que Él os ha elegido a vosotros (cf. Jn 15,16). ¡He aquí el secreto de vuestra vocación y de
vuestra misión! Está guardado en el corazón inmaculado de María, que vela con
amor materno sobre cada uno de vosotros. Recurrid frecuentemente a Ella con
confianza. Yo os aseguro mi afecto y mi oración cotidiana, y os bendigo de
corazón.
Discurso
del Papa en la Sinagoga de Colonia,
(19/8/05) tras el saludo del rabino Netanel Teitelbaum.
Distinguidas señoras, ilustres señores, queridos hermanos y hermanas:
¡Schalom lêchém! Tras
la elección como sucesor del apóstol Pedro, deseaba ardientemente, con ocasión
de mi primera visita a Alemania, encontrarme con la comunidad hebrea de Colonia
y los representantes del judaísmo alemán. Quisiera enlazar esta visita con lo
ocurrido el 17 de noviembre de 1980, cuando mi venerado predecesor, el Papa
Juan Pablo II, en su primer viaje a Alemania, se encontró en Maguncia con el Comité Central Hebreo en Alemania y la
Conferencia Rabínica. Deseo confirmar también en esta circunstancia mi
intención de continuar el camino hacia una mejora de las relaciones y de la
amistad con el pueblo hebreo, en el que el Papa Juan Pablo II ha dado pasos
decisivos (cf. A la Delegación del International Jewish Committee on Interreligious
Consultations, 9 junio 2005: L’Osservatore
Romano, 10 junio 2005, p. 5).
La comunidad judía de Colonia puede sentirse realmente «en casa» en esta
ciudad. En efecto, ésta es la sede más antigua de una comunidad hebrea en
territorio alemán: se remonta a la Colonia de la época romana. La historia de
las relaciones entre la comunidad hebrea y la comunidad cristiana es compleja y
a menudo dolorosa. Ha habido periodos de buena convivencia, aunque también se
ha producido la expulsión de los judíos de Colonia en el año 1424. Después, en
el siglo XX, en el tiempo más oscuro de la historia alemana y europea, una
demencial ideología racista, de matriz neopagana, dio origen al intento,
planeado y realizado sistemáticamente por el régimen, de exterminar el judaísmo
europeo: se produjo así lo que ha pasado a la historia como la Shoá. Sólo en Colonia, las víctimas conocidas por su
nombre de este crimen inaudito, y hasta aquel momento también inimaginable, se
elevan a 7.000; en realidad, seguramente fueron muchas más. No se reconocía la
santidad de Dios, y por eso se menospreció también la sacralidad
de la vida humana.
Este año se celebra el 60º aniversario de la liberación de los campos de
concentración nazis, en los que millones de judíos – hombres, mujeres y niños –
fueron llevados a la muerte en las cámaras de gas e incinerados en los hornos
crematorios. Hago mías las palabras escritas por mi venerado Predecesor con
ocasión del 60º aniversario de la liberación de Auschwitz
y digo también: «Me inclino ante todos los que experimentaron aquella
manifestación del «mysterium iniquitatis».
Los acontecimientos terribles de entonces han de «despertar incesantemente las
conciencias, extinguir los conflictos y exhortar a la paz» (Mensaje por la
liberación de Auschwitz, 15 enero 2005). Hemos de
recordarnos a la vez de Dios y de su sabio proyecto para el mundo por Él
creado: Él, advierte el Libro de la Sabiduría, es «amante de la vida» (11, 26).
Se cumple también este año el 40° aniversario de la promulgación de la
Declaración Nostra aetate,
del Concilio Ecuménico Vaticano II, que ha abierto nuevas perspectivas en las
relaciones judeocristianas en un clima de diálogo y solidaridad. Esta
Declaración, en el capítulo cuarto, recuerda nuestras raíces comunes y el rico
patrimonio espiritual que comparten judíos y cristianos. Tanto los judíos como
los cristianos reconocen en Abraham a su padre común en la fe (cf. Ga 3,7; Rm
4,11s.), y hacen referencia a las enseñanzas de Moisés y los profetas. La
espiritualidad de los judíos, al igual que los cristianos, se alimenta de los
Salmos. Con el apóstol Pablo, los cristianos están convencidos que «los dones y
la vocación de Dios son irrevocables» (Rm 11,29; cf, 9,6.11; 11,1s). Teniendo en cuenta la raíz hebrea del
cristianismo (cf. Rm
11,16.24), mi venerado Predecesor, confirmando un juicio de los Obispos
alemanes, dijo: «Quién encuentra a Jesucristo encuentra al hebraísmo» (Insegnamenti, vol. III/2,
1980, p. 1272).
La Declaración conciliar Nostra aetate, por tanto, «deplora los odios, persecuciones y
manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier
tiempo y por parte de cualquier persona» (n. 4). Dios nos ha creado a todos «a
su imagen» (cf. Gn 1,27), honrándonos
así con una dignidad trascendente. Ante Dios, todos los hombres tienen la misma
dignidad, a cualquier pueblo, cultura o religión que pertenezcan. Por esta
razón la Declaración Nostra aetate también habla con gran consideración de los
musulmanes (cf. n. 3), y de los pertenecientes a
otras religiones (cf. n. 2). Fundándose en la
dignidad humana común a todos, la Iglesia católica «reprueba, como ajena al
espíritu de Cristo, cualquier discriminación o vejación por motivos de raza o
color, de condición o religión» (ibíd., n. 5). La
Iglesia es consciente del deber que tiene de trasmitir, tanto en la catequesis
como en cada aspecto de su vida, esta doctrina a las nuevas generaciones que no
han visto los terribles acontecimientos ocurridos antes y durante la Segunda
Guerra Mundial. Es una tarea especialmente importante porque,
desafortunadamente, hoy resurgen nuevos signos de antisemitismo y aparecen
diversas formas de hostilidad generalizada hacia los extranjeros. ¿Cómo no ver
en eso un motivo de preocupación y cautela? La Iglesia católica se compromete –
lo reafirmo también esta ocasión – en favor de la tolerancia, el respeto, la
amistad y la paz entre todos los pueblos, las culturas y las religiones.
En los cuarenta años transcurridos desde la Declaración conciliar Nostra aetate,
tanto en Alemania como en el ámbito internacional se ha hecho mucho para
mejorar y ahondar las relaciones entre judíos y cristianos. Además de las
relaciones oficiales, y gracias sobre todo a la colaboración entre los especialistas
en ciencias bíblicas, se han entablado muchas amistades. A este propósito,
recuerdo las diversas declaraciones de la Conferencia Episcopal alemana y la
actividad benéfica de la «Sociedad para la colaboración cristiano-hebrea de
Colonia», que ha contribuido a que la comunidad hebrea, a partir del año 1945,
pudiera sentirse nuevamente «en su casa» en Colonia y se estableciera una buena
convivencia con las comunidades cristianas. Pero queda aún mucho por hacer.
Hemos de conocernos recíprocamente mucho más y mejor. Por eso aliento a un
diálogo sincero y confiado entre judíos y cristianos: sólo de este modo será
posible llegar a una interpretación compartida sobre cuestiones históricas aún
discutidas y, sobre todo, avanzar en la valoración, desde el punto de vista
teológico, de la relación entre hebraísmo y cristianismo. Este diálogo, para
ser sincero, no debe ocultar o minimizar las diferencias existentes: también en
lo que, por nuestras íntimas convicciones de fe, nos distinguen unos de otros,
y precisamente en ello, hemos de respetarnos recíprocamente.
Finalmente, no debemos mirar sólo hacia atrás, hacia el pasado, sino también
hacia delante, hacia las tareas de hoy y de mañana. Nuestro rico patrimonio
común y nuestra relación fraterna inspirada en una confianza creciente, nos
obligan a dar conjuntamente un testimonio todavía más concorde,
colaborando prácticamente en favor de la defensa y la promoción de los derechos
del hombre y el carácter sagrado de la vida humana, de los valores de la
familia, de la justicia social y de la paz en el mundo. El Decálogo (cf. Ex 20; Dt 5) es nuestro
patrimonio y compromiso común. Los diez mandamientos no son una carga, sino la
indicación del camino hacia una vida en plenitud. Lo son particularmente para
los jóvenes que encuentro en estos días y que tengo muy presentes en el
corazón. Es mi deseo que sepan reconocer en el Decálogo la lámpara para sus
pasos, la luz en su camino (cf. Sal 118,105). Los
adultos tienen la responsabilidad de pasar a los jóvenes la antorcha de la esperanza
que fue entregada por Dios tanto a los judíos como a los cristianos, para que
las fuerzas del mal «nunca más» prevalezcan, y las generaciones futuras, con la
ayuda de Dios, puedan construir un mundo más justo y pacífico en el que todos
los hombres tengan el mismo derecho de ciudadanía.
Concluyo con las palabras del Salmo 29, que son un deseo y también una oración:
«El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz».
¡Que él nos escuche!
Discurso
del Papa a representantes de diferentes confesiones cristianas
(19/8/05) en el arzobispado de Colonia
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo, nuestro común Señor:
Es para mi una alegría encontrarme con vosotros, representantes de las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales, durante mi visita en Alemania. Os saludo muy
cordialmente a todos. Procediendo yo mismo de este País, conozco bien la
situación penosa que la ruptura de la unidad en la profesión de la fe ha
comportado para muchas personas y familias. Este es un motivo más por el que,
tras mi elección como Obispo de Roma, como Sucesor del apóstol Pedro, he
manifestado el firme propósito de asumir como una prioridad de mi Pontificado
la recuperación de la unidad de los cristianos, plena y visible. Con ello he
querido conscientemente seguir las huellas de mis dos grandes Predecesores: de
Pablo VI, que hace ya más de cuarenta años firmó el Decreto conciliar sobre el
ecumenismo Unitatis redintegratio,
y de Juan Pablo II, que después hizo de este documento el criterio inspirador
de su actuación. En el diálogo ecuménico, Alemania es un lugar de particular
importancia. En efecto, no es sólo el País donde tuvo origen la Reforma;
también es uno de los Países en los que surgió el movimiento ecuménico del
siglo XX. A causa de los flujos migratorios del siglo pasado, también
cristianos de las Iglesias ortodoxas y de las antiguas Iglesias del Oriente han
encontrado en este País una nueva patria. Esto ha favorecido indudablemente la
confrontación y el intercambio. Nos alegramos todos al constatar que el
diálogo, con el pasar del tiempo, ha suscitado un redescubrimiento de la
hermandad y ha creado entre los cristianos de las diversas Iglesias y
Comunidades eclesiales un clima más abierto y confiado. Mi venerado Predecesor,
en su Encíclica Ut unum
sint (1995), ha indicado precisamente en esto un
fruto particularmente significativo del diálogo (cf. nn. 41s.; 64).
La hermandad entre los cristianos no es simplemente un vago sentimiento y
tampoco nace de una forma de indiferencia respecto a la verdad. Se basa en la
realidad sobrenatural de un único Bautismo, que nos inserta en el único Cuerpo
de Cristo (cf. 1 Co 12,13; Ga 3,28; Col 2,12). Juntos confesamos a Jesucristo como
Dios y Señor; juntos lo reconocemos como único mediador entre Dios y los hombres
(cf. 1 Tm 2,5), subrayando
nuestra común pertenencia a Él (cf. Unitatis redintegratio,
22; Ut unum sint, 42). Sobre este fundamento, el diálogo ha dado
sus frutos. Quisiera mencionar la revisión, auspiciada por Juan Pablo II
durante su primera visita a Alemania en 1980, de las condenas recíprocas y,
sobre todo, la «Declaración común sobre la doctrina de la justificación»
(1999), que fue un resultado de dicha revisión y llevó a un acuerdo sobre
cuestiones fundamentales que habían sido objeto de controversias desde el siglo
XVI. Además, hay que reconocer con gratitud los resultados obtenidos en las
diversas tomas de posición comunes sobre asuntos importantes, como las
cuestiones fundamentales sobre la defensa de la vida y la promoción de la
justicia y la paz. Soy muy consciente de que muchos cristianos en este País, y
no sólo en él, se esperan más pasos concretos de acercamiento. También yo los
espero. En efecto, el mandamiento del Señor, pero también la hora presente
impone continuar de modo convencido el diálogo a todos los niveles de la vida
de la Iglesia. Obviamente, éste debe desarrollarse con sinceridad y realismo,
con paciencia y perseverancia, con plena fidelidad al dictamen de la
conciencia. No se puede mantener un diálogo a costas del verdad; el diálogo
tiene que desarrollarse en la caridad y en la verdad.
No pretendo desarrollar aquí un programa de temas inmediatos de diálogo; esto
es tarea de los teólogos en colaboración con los Obispos. Permitidme solamente
una observación: las cuestiones eclesiológicas, y
especialmente la del ministerio consagrado, o sea, del sacerdocio, están
ligadas inseparablemente a la cuestión sobre la relación entre Escritura e
Iglesia, es decir, a instancia de la justa interpretación de la Palabra de Dios
y su desarrollo en la vida de la Iglesia.
Una prioridad urgente en el diálogo ecuménico la constituye también las grandes
cuestiones éticas que plantea nuestro tiempo; en este campo, los hombres de hoy
en búsqueda, esperan con razón una respuesta común de los cristianos, que,
gracias a Dios, en muchos casos casi se ha encontrado. Pero, desdichadamente,
no siempre. A causa de las contradicciones en este campo, el testimonio
evangélico y la orientación ética debida a los fieles y a la sociedad pierden
fuerza, asumiendo muchas veces características vagas, y descuidando así nuestro
deber de dar a nuestro tiempo el testimonio necesario. Nuestras divisiones
contrastan con la voluntad de Jesús y nos desautorizan ante los hombres.
¿Qué significa restablecer la unidad de todos los cristianos? La Iglesia
católica pretende lograr la plena unidad visible de los discípulos de Cristo,
tal como la ha definido el Concilio Ecuménico Vaticano II en varios de sus
documentos (cf. Lumen gentium,
nn. 8;13; Unitatis
redintegratio, nn. 2;4;
etc.). Según nuestra convicción, dicha unidad existe en la Iglesia católica sin
posibilidad de que se pierda (cf. Unitatis
redintegratio, n. 4). No significa, sin embargo,
uniformidad en todas las expresiones de la teología y la espiritualidad, en las
formas litúrgicas y en la disciplina. Unidad en la multiplicidad y
multiplicidad en la unidad. En la homilía en la solemnidad de San Pedro y San
Pablo, el pasado 29 de junio, he subrayado que la plena unidad y la verdadera
catolicidad van juntas. Una condición necesaria para que esta coexistencia
tenga lugar es que el compromiso por la unidad se purifique y se renueve
continuamente, crezca y madure. El diálogo puede contribuir a lograr este
objetivo. El diálogo es más que un intercambio de ideas: es un intercambio de
dones (cf. Ut unum sint, n. 28), en el que
las Iglesias y las Comunidades eclesiales pueden poner a disposición su propio
tesoro (cf. Lumen gentium,
nn. 8;15; Unitatis
redintegratio, nn.
3;14s; Ut unum sint, nn. 10.14).
Precisamente por este compromiso, el camino puede continuar paso a paso hasta
llegar a la plena unidad, cuando, finalmente, «lleguemos todos a la unidad de
la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, el hombre perfecto, a medida de
Cristo en su plenitud» (Ef 4,13). Es obvio que un
diálogo como éste sólo puede llevarse a cabo hasta el fondo en un contexto de
espiritualidad sincera y coherente. No podemos «hacer» la unidad sólo con
nuestras fuerzas. Podemos obtenerla solamente como don del Espíritu Santo. Por
tanto, el ecumenismo espiritual, es decir, la oración, la conversión y la
santidad de vida, son el corazón del movimiento ecuménico (cf.
Unitatis redintegratio,
n. 8; Ut unum sint, nn. 15s; 21 etc.).
También se podría decir que la mejor forma de ecumenismo consiste en vivir
según el Evangelio.
Veo con especial optimismo el hecho de que hoy se está desarrollando una
especie de «red», de conexión espiritual entre católicos y cristianos de las
diversas Iglesias y Comunidades eclesiales: cada uno se compromete en la
oración, en la revisión de la propia vida, en la purificación de la memoria, en
la apertura a la caridad. El padre del ecumenismo espiritual, Paul Couturier, ha hablado a este
respecto de un «claustro invisible», que acoge en su recinto a estas almas
apasionadas de Cristo y su Iglesia. Estoy convencido de que, si un número
creciente de personas se une a la oración del Señor «para que todos sean uno» (Jn 17,21), dicha plegaria en el nombre de Jesús no caerá en
vacío (cf. Jn 14,13;
15,7.16 etc.). Con la ayuda que viene de lo alto, encontraremos soluciones
practicables en las diversas cuestiones aún abiertas y, al final, el deseo de
unidad será colmado cuando y como Él quiera. Os invito a todos a recorrer
conmigo este camino.